jueves, 16 de noviembre de 2017

WALSH, BENJAMIN Y EL DIARIO LA NACIÓN

(Acerca de lo que un pueblo puede... o no)

@PachecoenMarcha- Un posteo al paso

Hay que saber verle el lado amable a las situaciones complicadas nomás. Un costado es que no hay que andar urgando demasiado para entender lo que pasa por arriba: basta con leer La Nación. Hoy por ejemplo, en esta nota, te cantan las 40.

"Mauricio Macri entendió que el lapso que se abrió entre su triunfo electoral y el 31 de diciembre, cuando concluyen las sesiones extraordinarias del Congreso, sería el de mayor productividad de su mandato. Se propuso aprovechar el desconcierto peronista frente al impacto de su éxito para aprobar las principales reformas de su administración. Para esa empresa encontró un valiosísimo aliado impersonal: la nueva dinámica de la interna peronista.
Cuanto más incierta aparece para ellos la reconquista del poder en 2019, los gobernadores y sindicalistas del PJ se vuelven más cooperativos con el gobierno nacional. Su prioridad no es la competencia con Cambiemos, sino la supervivencia administrativa...."
La misma nota habla del "entendimiento" con la CGT: el objetivo central de Triaca, dice, es sacar gente del terreno del conflicto, que se agigantó en el año 2001, para llevarla al de la negociación.
Como en tantas otras oportunidades, parece ser la literatura y no la ciencia política en donde se puede encontrar una de las claves "para encontrar una salida", como sugieren Felix Guattari y Gilles Deleuze en su libro sobre Kafka. En nuestro caso, en las historias de los irlandeses que escribió Rodolfo Walsh en los años sesenta/setenta: cuando el pueblo asumió que estaba sólo. "El pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza", puede leerse en Un oscuro día de justicia, en un remate literario que recuerda una consigna en boga aquellos días: "sólo el pueblo salvará la pueblo".
No viene mal entonces recordar aquellas palabras escritas por Walter Benjamin en sus Tesis sobre la historia:
"el mesías no viene sólo como Redentor, sino también como vencedor del Anticristo". De allí que en cada época sea preciso "hacer de nuevo el intento de arrancar la tradición de las manos del conformismo, que está siempre a punto de someterla".
Nuestro pueblo (si es que todavía se puede seguir hablando de algo así para denominar hoy día un sujeto político) tienen una rica historia de resistencias, en las que supo --siguiendo con Benjamin-- encontrar en la valentía y el humor la astucia para poner en cuestión "todos los triunfos que alguna vez favorecieron a los dominadores".
Veremos si encontramos en este contexto la valentía, el humor y la astucia necesarias para que la actual gestión del Estado nacional no se quede también con los usos de la lengua. Y que palabras como Cambio, Revolución y Alegría vuelvan a ser conceptos que funcionen como máquinas de guerra contra el actual estado de situación.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Conversaciones con Ariel Petruccelli sobre la Revolución Rusa

“Lo que sigue vigente es la apuesta por un mundo más allá del capitalismo”

En el programa homenaje a los 100 años de la Revolución Rusa, de La Luna con Gatillo, Mariano Pacheco entrevistó al escritor, docente y militante Ariel Petrucelli. Aprovechando su visita a Córdoba para participar de las Cátedras Bolivarianas del periódico Resumen Latinoamericano, Petrucelli reflexionó sobre la vigencia de la Revolución Rusa, habló de Marx y Bakunin, de ciencia y utopía y de la lucha mapuche.  

Mariano Pacheco (MP): Pensando los 100 años transcurridos de aquel episodio que abrió esa coyuntura internacional tan importante: ¿Qué te parece que nos puede dejar la Revolución Rusa? ¿Qué reflexiones te deja este aniversario?


Ariel Petrucelli (AP): Soy un poco reacio a los aniversarios. Yo creo que si a uno le parece que algo es importante le debe parecer todos los días de su vida y no en el momento en el que se conmemora circunstancialmente. Si vas a hacer de guevarista deberías hacerlo todos los días de tu vida. Pero es un poco inevitable en las efemérides, en especial en los años redondos como los 50 años, los 100 años y es casi una obligación que salga el tema.


Con respecto a la Revolución Rusa diría dos cosas importantes: creo que lo que sigue teniendo vigencia es la apuesta, la búsqueda de un mundo más allá del capitalismo. Es un legado indeleble: la esperanza, la expectativa, la posibilidad de ir más allá del capitalismo. Un mundo que no esté basado en la ganancia, la propiedad privada; un mundo fundado en la comunidad y solidaridad de los vínculos fraternos entre los seres humanos; creo que ese es el legado más profundo. Pero la manera en que esa aspiración se llevó a cabo, o se malogró, o transitó por senderos que terminaron siendo oscuros y quizá irreconocibles es toda otra parte importante de la cuestión.


Es muy posible que la formas de una revolución hipotética del siglo XXI sean profundamente distintas a cualquier cosa que haya pasado en 1917 y 1918 pero la aspiración sigue siendo la misma y esa aspiración es la que sigo reivindicando y me sigue conmoviendo, emocionando. Después, hay que estudiar la Revolución Rusa con todos sus problemas, con toda la frialdad y serenidad e información posibles.


MP- Te autodefinís con una identidad política marxista-libertaria, ¿cómo la explicarías?


AP- En principio implica la voluntad de utilizar a la teoría marxista como componente fundamental para entender el mundo y lo que pasa en él, es decir soy marxista en el sentido de utilizar las herramientas del materialismo histórico para comprender la realidad. En cuanto al adjetivo libertario apunta a subrayar algo que está en Marx, que está en el marxismo pero que muchas veces no ha estado suficientemente subrayado: la búsqueda de una convivencia democrática, la búsqueda de componentes autónomos y, en última instancia, el anhelo de la abolición del Estado que, por supuesto, está presente. Y remito a un texto de  Maximilien Rubel, el gran marxólogo, que se llama Marx Anarquista y rastrea los vasos comunicantes entre Mijaíl Bakunin y Marx.

MP- Algo de eso se ha intuido en tu recorrido de Ciencia y utopía en Marx y la tradición marxista que ha sido publicado por Herramienta y la editorial El colectivo. De algún algún modo Marx y Engels venían de una revisión crítica del socialismo utópico y una pretensión de fundar algo científico. Y como vos decís aquí, dicho crudamente, las pretensiones del autodenominado socialismo científico son científicamente insostenibles. Pero hay un núcleo que uno podría considerar de cierto peso científico dentro del marxismo que seguís reivindicando.


AP- Sin duda. Recién cuando vos leías la editorial sobre Lenin, en una especie de reflexión autocrítica, planteada en determinado pasaje, sobre la dificultad para pensarse dentro de cierta tradición. No sólo en este libro sino en toda mi obra intento revisar lo que haya que revisar sin perder en el camino a las cosas valiosas que nos remiten a esa tradición de izquierda revolucionaria donde el marxismo fue la fuerza aglutinante fundamental o la fuerza teórica fundamental pero no la única en ese sentido. Yo diría, junto con Marx, que perfectamente se puede no ser marxista.


Marx fue uno de los primeros en decir que no era marxista. O como uno de los grandes filósofos marxistas del mundo español, Manuel Sacristán, decía que él era marxista pero eso no era lo importante, lo importante yacía en que era comunista porque el comunismo incluye el marxismo pero lo trasciende y se trata sobre esa voluntad de pensar ecuménicamente.


En ese sentido lo que intento argumentar en el libro es que hubo ciertos excesos cientificistas presentes en la obra de Marx que hoy debiéramos cuestionar y rechazar, pero que habría que cuidarse mucho de caer en ese desliz muy posmoderno de la crítica del cientificismo en una especie de despojo de la ciencia como tal, de abandonar lo que me parece son características esenciales, claras, irrenunciables, del pensamiento científico que es: la erudición, la búsqueda de información documentada, la claridad y el rigor conceptual.


Cada una de estas características creo que forma un bagaje fundamental que no puede ser olvidado o desechado, pero ningún proyecto político revolucionario puede ser reductible a puro conocimiento científico. Porque, en todo caso, la ciencia nos puede dar un conocimiento no exacto pero sí muy sólido de las condiciones en las que podemos actuar pero nunca nos puede dar por sí misma los fines, los objetivos a los cuales nos tenemos que dirigir. En consecuencia, todo pensamiento político y revolucionario debe aunar dosis importantes de realismo científico para interpretar la realidad, de valores éticos para juzgarla y de realismo político para intervenir en ella.


MP- Para que el aniversario no sea letra muerta, pensar el horizonte, las perspectivas de la Revolución Rusa y los desafíos del Siglo XXI. En una perspectiva más situada con lo que conocemos que viene pasando en la Patagonia a partir del secuestro de Santiago Maldonado y la aparición de su cuerpo, sumado a toda la lucha del pueblo mapuche que en este programa hemos trabajado en más de una ocasión. Me gustaría preguntarte si hay algo ahí de la cuestión del ideario comunista, del concepto de lo comunitario, la comuna, ¿hay conexiones posibles que se puedan hacer con la lucha mapuche?


AP- No solo hay conexiones posibles y sino también reales. Por supuesto que la militancia nacionalista mapuche es muy amplia y diversa, está fragmentada en una cantidad muy grande de organizaciones: algunos que tienen más de treinta años de resistencia, otras más nuevas.


Pero dentro del amplio mundo de la militancia mapuche hay corrientes que reivindican o están muy próximas al pensamiento anarquista, hay algunas otras que tienen puntos de contacto con el marxismo. Santiago Maldonado, que estaba militando solidariamente, era claramente una persona ideas libertarias. No sé si se definía explícitamente como anarquista pero cuando uno lee las cosas que escribió o charla con la gente que lo conoció: Maldonado era un libertario con un espíritu anarco muy fuerte. Y personalmente conozco muchísimos militantes mapuches que tienen una simpatía anarquista o que hicieron un tránsito de una militancia barrial con perfil anarquista a una militancia al mundo mapuche y su comunidad. Y por otra parte conozco muchos casos de militantes que tienen algún tipo de vinculación con determinados partidos u organizaciones de izquierda.


Así que esos vínculos no sólo son posibles sino que están presentes y, por supuesto, hay otra vinculación muy importante que tiene que ver con el caso de los mapuches rurales, pero hay que destacar que hoy no son la mayoría. Hoy la mayoría vive en contextos urbanos: se habla de la mapurbe. Pero entre los que viven en contextos rurales, las relaciones comunitarias son muy fuertes porque la estructura de propiedad es comunal y por supuesto que la militancia mapuche en la ciudad busca constituir esos vínculos comunitarios.


Me parece que también la presencia mapuche en el campo sobre todo en lugares donde están atravesados por intereses turísticos o petroleros, etc. genera que haya una especie de grano incómodo para la propiedad privada y el capitalismo, porque no nos olvidemos de lo siguiente: las tierras mapuches son tierras comunitarias, no pueden ser compradas y vendidas y eso se convierte en un gran problema para las multinacionales o empresas capitalistas que operan en la zona. Porque si se tratara de pequeña propiedad campesina y la quieren ocupar las multinacionales, simplemente las pueden comprar, es una estrategia fácil.  Esto es mucho más difícil con las tierras comunales, por eso muchas veces es en las tierras de los pueblos indígenas donde se generan estos grandes problemas políticos.

MP- ¿Se puede establecer un vínculo entre el modelo productivo de Marx y cómo trabajan la tierra los mapuches?


AP- En los últimos años los mapuches en Neuquén y otros lados han estado a la vanguardia de la resistencia contra el fracking. Cuando fue la represión del año 2013 y se aprobó el acuerdo con Chevron con cláusulas secretas, los mapuches participaron muy fuertemente. No fueron los únicos, por supuesto, fue una movilización muy grande. Un compañero, Rodrigo Barreiro, recibió un balazo de plomo. Rodrigo estaba muy próximo a un grupo que portaba banderas mapuches, una cosa que habría que aclarar para que no se generen confusiones. Sería muy difícil hablar de cuál es la forma de concebir las cosas o la propiedad de los mapuches porque es algo que ha cambiado mucho a lo largo de tiempo y es muy diverso en el presente.


Por ejemplo hay un gran intelectual mapuche del oeste de la Cordillera, José Mariman, que dice: cuando uno se pregunta cuál es la cultura mapuche, ¿por cuál cultura se tendría que preguntar? la cultura del siglo XV antes del caballo, la cultura del siglo XVI centrada en el caballo, la cultura del siglo XIX más comercializada, la cultura después de la conquista que es casi la cultura del superviviente, la cultura de la mapurbe del siglo XX o del siglo XXI. No hay una cultura mapuche, es diversa, mudable, en permanente transformación. Tiene diferentes formas y simultáneamente diferentes características.

MP- ¿Qué perspectivas le ves a la idea comunista?


AP- A mí me gusta siempre decir que el marxismo es la teoría de crisis y como marco teórico está en crisis permanente. Yo creo que cuando vamos a hablar de perspectivas de comunismo estamos hablando en el sentido de una apuesta. Uno puede hacer un tipo de cálculo probabilístico y podría decir que, puesto que no sabemos cuál es el fin de la historia ni cuánto tiempo va a durar la humanidad, siempre cabe la posibilidad de que un orden como el que Marx ideó sea posible.


Lo fundamental no es tanto el cálculo de cuán posible es o cuánto tiempo podría demorarse sino que lo fundamental es la apuesta. Yo soy de los que piensa que una sociedad basada en la cooperación y la solidaridad es claramente un tipo de sociedad mucho mejor que una basada en la instrumentalización de las personas, en la ganancia, en la propiedad privada, en el egoísmo hecho sistema y, en consecuencia, uno lucha en el tipo de sociedad que quiere vivir. Por supuesto que seríamos ingenuos si no hiciéramos algún tipo de cálculo de cuán próximo está o en qué situaciones puede ser más favorable o menos favorable. No es tanto el cálculo detallado, siempre imperfecto, y las probabilidades reales. Lo troncal es el compromiso con el propio convencimiento de que es posible salir del capitalismo y es necesario construir una sociedad basada en la solidaridad y la igualdad.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Reseña de El psicoanálisis en la revolución de Octubre, editorial Topía


LIBROS PARA EL CAMBIO SOCIAL

Por Mariano Pacheco
 
La intrepidez de un pensamiento audaz como el psicoanálisis y una época de expansión de la idea comunista. ¿Qué pasó con la práctica y los postulados impulsados por Sigmund Freud en las tierras en donde por primera vez las ideas de Karl Marx funcionan como usina para poner en marcha la maquinaria de construcción de una nueva sociedad? 
 

“El coraje es necesario para un hombre de acción, pero parece que es necesario un monto mucho mayor de audacia para pensar”
Prólogo a la versión rusa de Más allá del principio del placer
(Lev Vygotski y Alexander Luria)

Cinco autores ensayan cinco textos diferentes para abordar el vínculo entre marxismo y psicoanálisis, en este año plagado de aniversarios fundamentales para la cultura de izquierdas en el mundo: 50 del asesinato de Ernesto Che Guevara, 150 de la publicación de El capital de Marx y, finalmente, 100 de la Revolución Rusa, acontecimiento sobre el que se concentra este libro. Publicado recientemente por editorial Topía, El psicoanálisis en la revolución de Octubre (compilado por el director de la revista Topía, Enrique Carpintero), cuenta con textos del propio Carpintero, Eduardo Gruner, Alejandro Vainer, Hernán Scorofitz y Juan Carlos Volnovich. El libro tiene además un apéndice donde se reproduce el prólogo a la versión rusa de Más allá del principio del placer (emblemático libro de Sigmund Freud), escrito por Lev Vygotski y Alexander Luria; texto presentado por Juan Duarte, quien realizó la traducción del ruso al castellano.

Reconstrucción de un imaginario revolucionario
En su texto titulado “De Rusia: ¿con amor? Luces y sombras de la Revolución de Octubre”, Eduardo Gruner contextualiza la situación de los primeros años del proceso soviético y su posterior decadencia, ascenso del stalinismo de por medio. El autor de El género culpable problematiza la relación entre memoria y olvido en el mundo contemporáneo, llamando la atención sobre el “prestigio desmedido y peligro” que adquirió el concepto de memoria en el actual discurso de la “corrección democrática” y advierte asimismo sobre lo problemático de la estrategia del olvido del Ser de las revoluciones promovida por el poder: recordar todo el tiempo que estos procesos no valen la pena de ser recordados y mucho menos repetidos, colocando al fracaso de las apuestas revolucionarias como destino ineluctable de los procesos de transformación. Gruner se pregunta por qué se ha mitigado entre las masas el imaginario revolucionario, y afirma que hay que volver a discutir “el horizonte revolucionario como tal”. Recordando una frase del escritor Gilbert Chesterton sentencia: “las causas perdidas son precisamente las que podrían haber salvado al mundo”.
En “Los freudianos rusos y la Revolución de Octubre”, Carpintero destaca por su parte el hecho de que la revolución bolchevique haya abierto “el camino de la creatividad” en todos los ámbitos, al romper con la rígida censura religiosa (en especial en las manifestaciones artísticas y científicas), y reconstruye el ingreso del psicoanálisis en Rusia a partir de una figura (Osipov) que, si bien tuvo sus posiciones políticas conservadoras (cuando triunfa la Revolución del 17 emigra a Praga, sin ir más lejos), fue una figura muy importante en el período pre-revolucionario. Osipov, reseña Carpintero, fue un psiquiatra que había sido encarcelado en 1897 por haber participado del movimiento estudiantil, y luego expulsado de la Universidad de Moscú, donde estudiaba Medicina (estudios que continúa luego en Alemania y Suiza). Años después (1906), al regresar a Rusia, Osipov trabajó en la clínica de la Universidad de Moscú, donde enseñó y practicó la terapia impulsada por Freud, con quien poco después estudió en Viena, convirtiéndose a su vez en uno de sus traductores al ruso. En 1910, junto con Moshe Wulff (el primer médico que practicó el psicoanálisis en Rusia), Ospiv funda Psikhoterapiia, una revista en la que publica algunos artículos sobre teoría freudiana. Aparecieron 30 números de esta publicación desde su fundación hasta 1914, cuando deja de salir por razones económicas vinculadas al contexto de inicio de la 1° Guerra Mundial, tras la que Wulff se establece en Moscú para abrir un departamento especializado en el abordaje de enfermos mentales desde una perspectiva psicoanalítica en una una clínica psiquiátrica. A diferencia de Ospiv, Wulff sí fue partidario de la Revolución de Octubre, aunque luego (1927) tuvo que emigrar producto de la persecución stalinista (su estadía en Berlín dura unos años, tras los cuales debe emigrar nuevamente, ésta vez producto de la persecución del nazismo).
En su ensayo, Carpintero también realiza una reivindicación de mujeres que fueron fundamentales en esta historia de vínculos entre el marxismo y el psicoanálsis, como Alexandra Kollantai, la primera mujer en participar de un gobierno y la primera en ejercer la función de representante ante un gobierno extranjero. “Con el nuevo gobierno fue elegida Comisaria del Pueblo de la Asistencia Pública, desde donde luchó para alcanzar la igualdad política, económica y sexual de hombres y mujeres”, descata Carpintero, quien recuerda que fue la “Rusia de los Sóviets” el primer lugar en el mundo en donde se estableció total libertad de divorcio y donde el aborto fue libre y gratuito (medidas anuladas luego por el stalinismo, quien se propuso afianzar la figura de la familia tradicional). También es recordada Tatiana Rosenthal, formada en el feminismo, el freudismo y el marxismo, quien llegó a participar de las reuniones de los miércoles en casa de Freud, mujer que formó parte del “comité de bienvenida” a Lenin en abril de 1917 y dos años más tarde, fue designada médica principal y supervisora de la sección clínica del Instituto de Patología Cerebral. Finalmente, Carpintero rescata a Sabina Spierein, mujer que estudió medicina, se analizó con Jung y fue discípula de Freud, además de tener como paciente a Jean Piaget; figura también reivindicada por Juan Carlos Volnovich en su texto “Sabina Spielrein. Expropiación intelectual de la historia del psicoanálsis” en donde, entre otras cuestiones, recuerda que Sabina, al llegar a Moscú, fue recibida con todos los honores por las autoridades del Partido, por ser considerada la psicoanalista mejor formada en el país (luego integró la presidencia de la Unión Psicoanalítica y co-dirigió el Hogar psicoanalítico, además de ejercer la docencia en la Universidad de Moscú y el Instituto Estatal de Psicoanálisis, la única institución estatal de psicoanálisis en el mundo).


El ocaso de los ídolos
En “La Revolución Rusa y sus resonancias entre psicoanalistas europeos. La construcción de una izquierda freudiana”, Alejandro Vainer se propone romper con dos mitos fundamentales: el que coloca a Freud como un héroe (en sentido grandilocuente de “genio”) y el que restringe al psicoanálisis como una práctica específicamente burguesa.
Vainer destaca el carácter colectivo de los inicios del psicoanálisis, en el cual maestros, pares y discípulos jugaron un rol fundamental dentro del “movimiento”, emergente a su vez de una sociedad y una cultura determinada. “La visión liberal burguesa del genio es la de un individuo, y no la del pico más alto de un movimiento que es histórico social, encarnado en lugares y en una producción colectiva de grupos de trabajo”, destaca Vainer, argumentando contra la idea que coloca a Freud en el lugar de un “héroe iluminado” que creó, él sólo, el psicoanálisis.
Operación de lectura que realiza el coordinador general de la revista Topía cuando también desmitifica el carácter exclusivamente burgués del psicoanálisis. Y lo hace rescatando un texto del propio Freud, de 1918, titulado Nuevos caminos en la terapia psicoanalítica, en donde el profesor vienés afirma que los psicoanalistas pueden atender a las clases acomodadas de la sociedad, haciendo poco por las capas populares, cuyo sufrimiento neurótico es “enormemente más grave”. “Esta ponencia de Freud fue muchas veces repetida y citada. Pocas veces puesta en su materialidad histórica y las consecuencias concretas para el movimiento psicoanalítico”, sostiene Vainer, antes de rescatar la experiencia de la “Budapest pre-revolucionaria” donde tuvo origen el proyecto de fundación de Clínicas Psicoanalíticas Gratuitas (12 expandidas por Europa), que también tuvieron carnadura en centros neurálgicos como Berlín (1920) y Viena (1922), en momentos claves de sus procesos históricos, con intentos revolucionarios en Alemania (como los encabezados por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht de la Liga Espartaquista previos a la República de Weimar) y en medio de la “Viena roja” gobernada por el “austro-marxismo” que, entre otras cosas, llevó adelante una audaz política de salud pública en el marco del cual se desarrolló la experiencia del Ambulatorium. En Berlín, por ejemplo, el Poliklinik tuvo como política establecer los honorarios de acuerdo a las posibilidades que los pacientes manifestaban en su primera entrevista. Con instalaciones montadas a partir de la fortuna personal donada por Maz Eitingon, el lugar fue acondicionado por Ernest, el hijo arquitecto de Freud, y llegó a contar no sólo con habitaciones con divanes sino también con modernas técnicas de aislamiento acústico. Por allí pasaron 969 varones y 989 mujeres, la mayoría trabajadores, desocupados y estudiantes, en una quinta parte analizados gratuitamente (algo similar pasó en Ambulatorium, por donde pasaron 800 mujeres y 1445 varones).
Ambas experiencias cayeron al son del tambor de los nuevos aires de la historia. El avance del stalinismo en Rusia fue acompañado por el ascenso del fascismo en Italia y el nazismo en Alemania. Tal como destaca el autor, en la década del 30 “el giro a la derecha de la Asociación Psicoanalítica Internacional terminó de consumarse”.


Encuentros y desencuentros
Cabe destacar el aporte realizado por Hernán Scorofitz a esta publicación, quien en su ensayo “León Trotsky, el freudiano de la revolución de octubre”, realiza un recorrido por las posiciones del jefe del Ejército Rojo en relación a la disciplina fundada por Sigmund Freud (esto dicho con todos los reparos ya mencionados por Vainer).
En este texto, Scorofitz recuerda que Trotsky comienza a interesarse por el psicoanálisis en los años inmediatos a la revolución de 1905, mientras permaneció exiliado en Viena y frecuentó tertulias en cafés donde asistían personas pertenecientes al núcleo íntimo de Freud. Si bien el teórico de la revolución permanente tuvo momentos de mayor y menor entusiasmo frente a los postulados freudianos (una de sus hijas que frecuentaba divanes se suicidó), nunca consideró al psicoanálisis como “incompatible” con el marxismo, como sí lo hizo la posición oficial del stalinismo, quien consideró al freudismo como “desviación burguesa”, algo de lo que muy bien da cuenta en su texto Volnovich, quien recuerda que así como en 1923 la Unión Psicoanalítica Rusa se incorpora a la Asociación Psicoanalítica Internacional (convirtiéndose el Instituto Psicoanalítico de Moscú en el tercer instituto de formación de psicoanalistas reconocido por Freud en el mundo, tras el de Viena y Berlín), al año siguiente –tras la muerte de Lenin-- trotsky cae en desgracia y el psicoanálisis pierde a su protector. Tiempo después de desmantelan instituciones de vanguardia, como el Hogar de niños y el Instituto Estatal de Psicoanálisis, proceso que se acrecienta en 1930 cuando el Primer Congreso de Psicología de la Unión Soviética denuncia al freudismo como teoría reaccionaria y disuelve la Unión Psicoanalítica Rusa y, finalmente, en 1933 se prohíba el psicoanálisis en la URSS.
Coincidiendo con el centenario de la gesta de aquel pueblo que supo dar figuras como la de Vladimir Lenin y poner en marcha la construcción del primer Estado Obrero en el mundo, la salida de este libro en Argentina contribuye a repensar los vínculos entre las apuestas de los procesos de transformación material de la sociedad (hoy tan vigentes como hace un siglo) en serie con los procesos de transformación subjetiva, es decir, la relación existente entre el cambio en las relaciones de producción y las relaciones de los hombres y las mujeres (los devenires diversos en realidad) consigo mismo y con los demás.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Nuestro Lenin


Semana de homenaje por los 100 años de la Revolución Rusa en La luna con gatillo

Por Mariano Pacheco*

Gran capacidad de síntesis Vladimir. Y de expresar en fórmulas claras sus ideas.
¿Qué implica ser leninista hoy? Seguramente no serlo. O más bien: asumir que hay tantos Lenin como situaciones atravesó El Pelado en su vida política. “El análisis concreto de las situaciones concretas”, he aquí una de sus fórmulas claras, tan claras como plantear al socialismo en términos de “Electrificación+Sóviets”. El siglo transcurrido desde que los bolcheviques tomaron el poder en Rusia han colocado al leninismo en el centro de los debates de las izquierdas del mundo. ¿Qué no se ha dicho ya? La respuesta a esta pregunta, tan de perogrullo, puede encontrarse en otra fórmula quizá, que esbozamos en estas líneas: el pensamiento crítico es siempre situado.
Lenin escribió alguna vez que las consignas que servían para un momento no servían para otro. ¡Gran lección de leninismo! Lo que sea dicho del leninismo entonces, hoy, no es tanto algo que el jefe bolchevique haya escrito o pronunciado alguna vez, sino más bien sus modos de abordar los momentos. ¡Carecemos de nuestras propias Tesis de abril! O de diciembre podríamos decir. ¿Qué queda del momento leninista de 2001? Tal vez la lección de haber sido demasiados soberbios, muy posmodernos, extremadamente reacios a pensarnos al interior de un legado y no sólo en ruptura con una tradición, que dicho sea de paso, sólo rechazamos en función de lo oído alguna vez, y no producto de una lectura crítica (siempre situada). Además –de nuevo--: ¿con qué momento de esa tradición se rompe? Pensar a Lenin es pensar su fase de “Todo el poder a los sóviets”, pero también su respuesta creativa del ¿Qué hacer?, y su testamento, y su caracterización del imperialismo como fase superior del capitalismo y, y, y… La síntesis disyuntiva de la que tanto hablaron Félix Guattari y Gilles Deleuze.
Análisis crítico de las situaciones concretas, entonces. He ahí un legado fundamental del leninismo. ¿O no desconocemos, muchas veces, los modos concretos en que el capital se ha desarrollado en estas tierras? Y no me refiero sólo a la “formación social concreta”, sino más bien a las formas en que se ha estructurado no sólo la explotación sino además la dominación, las formas de subjetividad que imperceptiblemente nos atan a menudo a la servidumbre, por la cual tanta veces luchamos como si se tratara de nuestra libertad.
Hace unos días, en un bar de la ciudad de Buenos Aires, conversando con El Ruso y Diego Sztulwark, éste último decía que había que pensar a Lenin a partir de un determinado modo de leer la realidad, algo que retomó en estos días en un texto publicado por los amigos del portal Lobo suelto. Lectura que reclama de nuestros mayores esfuerzos, si no queremos resignarnos a entender la política (aún la que aspira a la emancipación) desde el lugar de siempre-por-detrás-de-las-situaciones. Intento singular, siempre renovado, de aportar por intervenir en la escena contemporánea desde una posición generacional, esa Nueva Generación de Intelectuales de Izquierda esbozada por Omar Acha hace años atrás (intento seguramente trunco pero siempre en reclamo de ser reactualizado).
¿Qué nos queda de Lenin entonces? ¿Con qué Lenin nos quedamos? Seguramente con el crítico agudo, con el militante audaz, en medio de una situación caracterizada por el recorte de los horizontes entendidos como posibles. El Lenin con el que nos quedamos es el que no se resigna a dejar de pensar cada situación para captarla en su singularidad, y por lo tanto, intervenir creativamente en ella. El Lenin que inspira a asumir un lado claro de la barricada, el que no tiene empacho en señalar con dureza los límites entre un bando y otro. Ese que hace todo lo posible por forzar la situación lo más que de, para que el cielo por asalto no sea una metáfora meramente enunciada, sino PROYECTO, con todo el compromiso existencial que ese concepto implica.

*Editorial de La luna con gatillo: una crítica política de la cultura (emisión del jueves 2 de noviembre de 2017)

sábado, 4 de noviembre de 2017

150, 50, 100 (o la potencia de la invariante comunista en la actualidad)



Marx, el Che y la Revolución Rusa

Tres números, tres aniversarios redondos que nos ayudan este año a repensar las políticas de emancipación y trazar un legado entre las luchas actuales y las que nos precedieron para tejer “un secreto compromiso de encuentro” entre las generaciones del pasado y la nuestra, como supo recomendar Walter Benjamin.

Por Mariano Pacheco para Contrahegemonía web


Pasó ya un siglo y medio desde que Karl Marx publicara la primera edición de su estudio El capital; un siglo desde que, encabezados por Vladimir Lenin, los bolcheviques conquistaran el poder en Rusia y edificaran el primer Estado obrero en el mundo, abriendo un nuevo surco de posibilidades para el desarrollo internacional de la revolución socialista; y, finalmente, medio siglo desde que fuera asesinado en Bolivia Ernesto Guevara, el Comandante nuestroamericano que pretendió juntar el legado de Marx y de Lenin con el de Bolívar y de San Martín para desatar en todo el territorio de la Patria Grande un nuevo Vietnam. ¿Qué nos queda de esta tríada de aniversarios, más allá de las efemérides? ¿Es posible reactualizar un legado contestatario o estamos condenados a la mera repetición hueca de los recordatorios nostálgicos? Intentaremos en este breve ensayo volver sobre los pasos de estos tres grandes acontecimientos de la cultura de izquierdas en el mundo, en la búsqueda por frenar un instante la caminata, mirar atrás y tomar nuevas fuerzas para continuar la marcha.


Transformarse en otro
El marxismo entendido como proceso permanente de desalienación puede ser el punto de enlace de la tríada de aniversarios redondos a los que asistimos en 2017. En tal caso, no habría “ruptura epistemológica” entre el joven Marx idealista y el Marx maduro advenido a la ciencia, entre otras cuestiones, porque los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 pueden ser leídos en serie con los estudios sobre El capital.
Por supuesto podría objetarse que hay en los textos primeros de Marx cierto humanismo ingenuo y que la “teoría de la alienación” ha sido leída en clave sujeto-céntrica de pensar que la superación del capitalismo habilitaría algo así como un reencuentro total del hombre con sí mismo. Se sabe, esta mirada no haría más que caer en un nuevo idealismo, contrario al materialismo tantas veces pregonado por el autor de La lucha de clases en Francia. Por otra parte -y no entraremos aquí en ese debate pero al menos dejamos sentadas las bases de su enunciación- ya hace tiempo y allá lejos tanto Federico Nietzsche como Martin Heidegger anunciaron que tras la muerte de Dios moría el hombre (como ser puesto de rodillas frente a la divinidad) pero que sus sombras podían permanecer por largo tiempo (¿qué otra cosa sino una sombra de la muerte de Dios sería colocar al hombre o a la ciencia en su lugar?). Siguiendo los rastros de lectura trazados por Facundo Nahuel Martín (Marx de vuelta. Hacia una teoría crítica de la modernidad) podríamos decir que la “puesta en cuestión” de la unidad sujeto-objeto bajo el primado del sujeto puede desarrollarse desde una perspectiva materialista (el impulso a entregarse al devenir de la experiencia histórica por parte del “ser genérico”) presente ya en los Manuscritos. Leídos desde este punto de vista, los textos juveniles de Marx funcionan como una máquina de guerra que corroe las bases de legitimación del capital como sujeto de la totalidad opresora que reemplaza el lazo social comunitario por el lazo social abstracto de las relaciones de intercambio, que son las que priman en la nueva lógica de división del trabajo que reemplaza la producción para la subsistencia por la producción para el intercambio como fundamento del nexo social e instala a la lógica de la acumulación como finalidad dominante de la economía (producción para la reproducción ampliada de valor).
Cuando Marx plantea, en El capital, que las fuerzas productivas creadas por el hombre han dejado de pertenecerle para tiranizarlo (“así como en las religiones el hombre está dominado por las criaturas de su propio cerebro, en la producción capitalista lo vemos dominado por los productos de su propio brazo”), no hace más que retomar sus planteos juveniles en torno a la relación estrecha entre proceso de valoración de las cosas y desvalorización del mundo humano que se le revela no en respuesta a una pregunta abstracta sobre el origen de la propiedad privada sino en la elucidación del interrogante en torno al papel del trabajo enajenado en el devenir histórico de la humanidad.
La lucha por la desalienación, entonces, puede ser leída en clave idealista como intento de efectuar un “reencuentro total” del hombre con sí mismo, o bien puede ser entendida como una batalla por combatir el “maltrato físico y espiritual” que pone en el sistema capitalista al trabajador enfrentado a su creación; que opone a propietarios con no propietarios; que cosifica las relaciones sociales; en fin, que hace que las personas pasen la mayor parte de su tiempo diario en una actividad en la que no pueden afirmarse sino que se niegan a sí mismos de manera permanente.
De allí que Marx, tal como Antonio Gramsci señaló en los Cuadernos de la cárcel, haya iniciado intelectualmente una “edad histórica” que seguramente durará hasta el posible advenimiento de una sociedad regulada (algo similar supo plantear décadas después Jean Paul Sartre cuando en su Crítica de la razón dialéctica afirmó que “el marxismo es la filosofía insuperable de nuestra época, en tanto no han sido superadas las condiciones que le dieron nacimiento). Y más allá de todos los cambios operados en la dinámica capitalista, con su análisis de la mercancía, Marx realiza una operación de lectura fundamental al establecer que es el trabajo asalariado el que crea valor, que es la explotación la que genera el plusvalor, la ganancia de la clase capitalista. Operación de lectura que reclama reactualizaciones en cuanto a un análisis de los modos concretos de la explotación concreta en el siglo XXI, pero que en lo central -entendemos- no ha perdido actualidad.


Mercancía, deber y liberación
En un pasaje de su célebre texto titulado El socialismo y el hombre en Cuba, publicado en el Semanario uruguayo Marcha en marzo de 1965, Ernesto Guevara destaca que en la transición al socialismo, la máquina sólo aparece como “trinchera” en la que se cumple un deber. “El hombre comienza a liberar su pensamiento del hecho enojoso que suponía la necesidad de satisfacer sus necesidades animales mediante el trabajo. Empieza a verse retratado en su obra y a comprender su magnitud humana a través del objeto creado, del trabajo realizado. Esto ya no entraña dejar una parte de su ser en forma de fuerza de trabajo vendida, que no le pertenece más, sino que significa una emanación a sí mismo, un aporte a la vida común en que se refleja: el cumplimiento de su deber social”. En clara sintonía con los planteos de Marx, Guevara problematiza la temporalidad presente en los cambios materiales y subjetivos, prestando particular atención a éstos últimos. “Las variaciones son lentas y no son rítmicas” argumenta, no sin advertir que el “escolasticismo” ha frenado el desarrollo de la filosofía marxista e impedido el “tratamiento sistemático” de un período complejo como el de la transición, en el que todavía operan muchos elementos del capitalismo.
Tal como hemos sostenido recientemente en un breve texto dedicado a recuperar las “hipótesis” de Ricardo Piglia en torno a Guevara, como lector y como escritor, no puede dejar de remarcarse que junto con su labor como combatiente guerrillero y militante internacionalista, hubo en el Che una profunda vocación por contribuir al desarrollo de la teoría revolucionaria desde estas latitudes. Vocación que se enlaza con sus intentos juveniles de erigirse en escritor, que está estrechamente ligada con su afán por “volcarse al mundo” a través de los viajes, en los que nunca dejó de leer y en los cuales comenzó a escribir (cartas, diarios y “notas de lectura”). Viajes por Latinoamérica que no sólo lo pusieron cara a cara con los condenados de la tierra de este continente sino también con quienes -décadas atrás- habían ya teorizado sobre el marxismo desde una perspectiva situada, como el amauta José Carlos Mariátegui.

Embarcarse, y después ver
Si algo distingue a figuras como la de Marx y Guevara, pero también la de Lenin y Trotsky, es que fueron profundamente audaces. Y que supieron cultivar un fuerte entrelazamiento entre diferentes esferas existenciales pujando por no escindir teoría y práctica, militancia política y reflexión, crítica de lo dado y proyección de pautas para un mundo nuevo.
Lejos de ese oxímoron que ha sido conocido bajo el nombre del “marxismo académico” como del pragmatismo extremo característico de muchas expresiones surgidas tras las derrotas de los proyectos emancipatorios del último siglo y medio, la cotidianeidad de estos revolucionarios estuvo marcada por la actividad política y la escritura (y un constante ejercicio de lecturas y formación). En todos los casos (también se podría sumar al “poeta” Mao y al “crítico” Gramsci) fueron personas de su tiempo fuertemente informados sobre los debates contemporáneos y no sólo en política, sino también en ciencia, arte, filosofía, literatura.

jueves, 26 de octubre de 2017

SANTIAGO MALDONADO: EL PIBE QUE PUSO El CUERPO...

... Y SE PUSO EN EL LUGAR DEL OTRO 


Por Mariano Pacheco

De Kosteki y Santillán a Mariano Ferreyra, y ahora a Santiago Maldonado. La bronca popular ante los crímenes de Estado y también, la expansión horizontal de microfascismos promovidos verticalmente por los mass media.



En ese golpe bajo, en la bajez

de esa mofleta, en el disfraz

ambiguo de ese buitre, la zeta de

esas azaleas, encendidas, en esa obscuridad

Hay Cadáveres

Néstor Perlongher, “Cadáveres”


Como Darío Santillán en junio de 2002, tendiendo una mano a Maximiliano Kosteki herido de muerte; como Mariano Ferreyra en octubre de 2010, tendiendo una mano solidaria a los trabajadores precarizados del ferrocarri Roca, también Santiago Maldonado se caracterizó por ejecutar en ese gesto que trasciende la solidaridad y se transforma en una actualización de lo más humano que tenemos como seres humanos: la capacidad de sentir en lo más hondo cualquier injusticia, cometida contra cualquiera en cualquier lugar del mundo, como supo remarcar el Comandante Nuestroamericano Ernesto Che Guevara hace poco más de medio siglo atrás. Santiago puso el cuerpo junto a la comunidad mapuche de Pu Lof, no sólo se solidarizó con ellos: se puso en su lugar. Sintió el lugar del otro transformado en Otro absoluto por el poder que domina las instituciones del país, y se expande horizontalmente con sus ideas y valores por el cuerpo social (el “micro-gatismo”, según supieron decir desde el colectivo Juguetes perdidos en un reciente posteo de Facebook); ese microfascismo que tanto hemos visto proliferar en los últimos años, incluso entre trabajadores y sectores populares, que miran con indiferencia la situación, o incluso se identifican con sus dominadores, aquellos que nos explotan y tratan a cada instante de des-humanizarnos.
“Esta zona de angustia era la consecuencia del sufrimiento de los hombres. Y como una nube de gas venenoso se trasladaba pesadamente de un punto a otro, entrando en murallas y atravesando los edificios, sin perder su forma plana y horizontal; angustia de dos dimensiones que guillotinando gargantas dejaba en éstas un regusto de sollozo”. Como Erdosain, el personaje de Los siete locos de Roberto Arlt, muchos sentimos el jueves “las primeras náuseas de la pena” al enterarnos aquello que se sospechaba: que el cuerpo “plantado” en aquél río de Chubut era el de Santiago Maldonado. Pena porque otra vez sangre joven regaba los ríos de la patria (esta, nuestra patria, la que no tiene pruritos a la hora de afirmar que es la de quienes la habitamos y la construimos, y eso incluye Mapuches y tantos pueblos que precedieron a la Argentina, pero también bolivianos y peruanos, senegaleses y quien sea que se plante en estas tierras); pena porque otra vez, “en la provincia donde no se dice la verdad” (como supo señalar Néstor Perlongher en su poema citado a modo de epígrafe, y al que podríamos agregar, en “el país en el que no se dice la verdad”), hay cadáveres. Pero también bronca por otro asesinato perpetrado por el Estado contra un joven de nuestro pueblo (esta vez un joven trabajador de la economía popular). Bronca y furia además, por haber tenido que escuchar dichos asquerosos de personajes repugnantes como Elisa Carrió (que comparó el cadáver de Santiago con el de Walt Disney); furia por los operadores del periodismo canalla (“el terrorismo mediático”) que se apresuraron en deslindar responsabilidades del Estado y poner en el lugar de victimarios a las víctimas que se salieron de ese lugar en el momento mismo en que decidieron emprender la lucha (la que cultivó la amistad de Santiago Maldonado); furia por el oportunismo bien-pensante del progresismo ramplón, que se auto-adjudicó el lugar de representación de la bronca popular. Y tristeza nuevamente por ver cómo el dispositivo de la representación electoral (parlamentarismo que subordina la política al Estado y encuentra en el momento electoral la síntesis entre el pueblo y sus organizaciones partidarias) nos separa de lo que podemos, de nuestras potencias plebeyas para cuestionar lo dado. Tristeza conjurada por la bronca que se transforma en protesta y se ve atravesada por el deseo de resistencia, es decir, de revolución. Y alegría de sabernos, miles (aunque no tantos miles como nos gustaría, miles al fin y al cabo), miles de almas dispuestas a salir a las calles para honrar ese gesto que es ejemplo y reclama ser multiplicado: el de ponerse en el lugar del otro, el de poner el cuerpo (cuerpo que no es solo acción sino también pensamiento y sentimiento) para dejar de ser aquello que hicieron, que están haciendo de nosotros.

domingo, 22 de octubre de 2017

El voto al FIT (a pesar de las diferencias) y l@s compañer@s de ruta


El desafío de que le árbol no nos tape el bosque

@PachecoenMarcha



A diferencia de otras elecciones, no le fue bien al FIT esta vez en Córdoba, pero sí en otras provincias, como Jujuy y Mendoza. El Frente de Izquierda y de los Trabajadores cosechó alrededor de 1.300.000 votos en todo el país, conquistando que Romina del Pla y Nicolás del Caño ingresen al Congreso Nacional (está por determinarse también si Marcelo Ramal) y Myriam Bregman junto con Gabriel Solano entran a la Legislatura porteña (mañana seguro habrá un panorama más claro y detallado, cito ésto sólo a modo de ejemplo).
Cuando Trotsky se refirió a los integrantes de las vanguardias artísticas que se posicionaban, producían y entendían al arte desde otro lugar que el que lo hacían los bolcheviques tras el triunfo revolucionario del 17, el jefe del Ejército Rojo no dudó en calificarlos como “compañeros de ruta”.
Soy de los que piensan que no hay mucho por esperar en los marcos de las democracias parlamentarias, que cuando el pueblo y sus organizaciones se expresan en las calles y ejerciendo otro tipo de democracia e su cotidianeidad (de base, más directa y participativa), la política –en sentido fuerte-- logra fugar de la norma del dispositivo de la representación electoral que subordina la política al Estado y que parece tenernos tan atados a los modos ajenos de expresarnos. Así y todo no dejo de valorar cuando en una radio, un diario o revista, un canal de televisión se le da espacio a legisladores o candidatos de izquierda, porque expresan (al menos los del FIT), muchas veces, lo que muchos pensamos y sentimos en esos momentos en donde parece que no hay una voz que pueda hacerse oír en esos espacios. Lo mismo sucede cuando se produce una represión o cuando hay detenidos. En general, ellos están ahí. Hemos compartido además muchísimas luchas juntos (no puede decirse lo mismo de otros candidatos, aunque seguramente tengan mejor “intención de voto” y posturas progresistas, e incluso muchos de ellos, con quienes coincidimos en las críticas a la gestión Cambiemos, no pudimos coincidir en otros momentos en los que fueron gobierno) y por eso los considero “compañeros de ruta”, que en estos tiempos no es poco. Diferencias, a montones. Basta poner los ejemplos de la caracterización del proceso de la revolución bolivariana en Venezuela, la valoración de los sujetos emergentes como el precariado y sus organizaciones como la CTEP, sus concepciones sobre el feminismo, la valoración de la herramienta-partido, su mirada retrospectiva de fenómenos como el peronismo (al menos en sus modos de base y combativos), etcétera, etcétera, etcétera. Pero no dejan de ser los partidos que están en las calles cuando hay que estar y que en sus campañas expresan lo que muchos consideramos que hay que expresar. Y en esta elección además han ingresado las compañeras y los compañeros de Poder popular, más cerca del guevarismo y el marxismo latinoamericanista que muchos reivindicamos, mientras las otras expresiones de izquierda (con excepción de Luis Zamora), naufragaron en la fragmentación que expresaron en las PASO… ¡en nombre de una crítica al sectarismo del trotskismo!
Para quienes de verdad pensamos que la construcción de una política revolucionaria para este momento histórico pasa por otro lado, no debería ser tan engorroso ir y votar al FIT, y hacer pública esa postura.
Así que para terminar las líneas de esto que pretendía ser un breve posteo de facebook y se extendió, sólo felicitar a las y los camaradas del FIT por expresar en esta elección un poco de dignidad en medio de tanta mierda.

Mariano Pacheco, domingo 22 de octubre de 2017.