viernes, 15 de junio de 2012

Apología del ensayo. Reflexiones sobre la escritura


Por Mariano Pacheco


El ensayo. ¿Un género? En caso de serlo: un género de batalla. Aun con su propio estatuto dentro del sistema literario. Los ensayistas como duelistas. O como partisanos. 

Duelistas fueron Benjamín y Sartre, Gramsci y Foucault, Mariátegui y Guevara, Sarmiento y Echeverría… aunque desde otra perspectiva. Por supuesto, también Nietzsche, Freud y Marx: el trío infernal. Páginas enteras podrían llenarse haciendo una lista con ellos. Pero eso no interesa ahora.

Quisiera rescatar, eso sí, que todos estos personajes (junto con muchos otros no mencionados), son exponentes de un tipo de escritura que en principio (por principios), se acerca más a nuestros propósitos y preferencias (nuestros deseos), que otro tipo de escrituras. Más cerca del ensayo que del tratado. Porque el arte del ensayo, tal como escribió Tomás Abraham en El último oficio de Nietzsche, es un modo esporádico de la práctica filosófica. Un género mestizo de escritura, transdisciplinario. Que incluye, además, al que lo practica. “El ensayo no es una teoría porque no es explicativo sino mostrativo. No es una teoría porque tampoco es un cuerpo organizado sino desmembrado. El ensayo se ofrece con un estilo de escritura, porque el estilo es lo que devela la opacidad del lenguaje. Y tiene una voluntad de verdad pero de una verdad contingente, conjetural, ocasional”.

En este sentido, el ensayo es una práctica que se propone conjurar –cuando no enfrentar de manera directa– el “terrorismo académico”. Ese que, estancado en concepciones del mundo positivista, muchas veces, pretende legitimar su autoencierro en una torre de marfil como aporte al conocimiento objetivo. Entonces, ¿no es posible investigar los movimientos sociales, por ejemplo, desde los propios movimientos? ¿Gestar una práctica de conocimiento situado, que parta de las propias experiencias a investigar, de las cuales el propio investigador participe como un militante? Para gran parte de las corrientes académicas actuales de nuestro país eso suena, como mínimo, inactual.

Me pregunto, asimismo, si la literatura puede realizar algún aporte a la construcción de un conocimiento que surja y se proyecte desde el interior de las experiencias que pugnan por gestar prácticas de emancipación. Quizás la respuesta pueda ser afirmativa, si partimos desde un espacio textual que no pretenda objetivizar las prácticas de otros, sino que apueste por co-construir algunas preguntas y ensayar algunas hipótesis a modo de provisorias respuestas. Diálogo, entonces, más que monólogo.

Porque la escritura (del ensayo, en tanto que una “rama” de la literatura), es una práctica que, de alguna manera, se propone actualizar (mediante su lectura), los recorridos de lecturas que hemos emprendido en distintos momentos, urgidos por distintas preocupaciones, atravesados por distintos deseos y diferentes coyunturas. ¿Qué otra cosa es el ensayo, sino una conversación entre lectores? Gestar nuevas conversaciones, con nuevos lectores, entonces, es uno de los propósitos de la ensayística. O para decirlo con las palabras de Malraux (mediadas por la lectura y la escritura de Eduardo Grüner), el derrame sobre el mundo de las reflexiones que provocan las lecturas, no es otra cosa que el pasaje del tratado al ensayo, de la ciencia a la conversación.

Conversaciones cargadas de interrogantes. Porque sí, es cierto, somos una generación que se caracteriza por la incertidumbre. Y sin embargo, hay algo de lo que estamos seguros: no estamos dispuestos a celebrar lo dado. En ese sentido podemos afirmar que sí, que nos declaramos culpables: de una lectura situada, que busca pensar desde las luchas de la periferia latinoamericana. Culpables también de poner en cuestión la tajante división existente entre trabajo intelectual y trabajo manual. Una división que no puede quedar así, a la espera de ser transformada junto con un cambio radical de la sociedad, entre otras cosas, porque es la división fundamental que establece el capital y sobre la cual se erige la separación entre gobernantes y gobernados. De allí que gran parte de nuestros esfuerzos vayan en el sentido de gestar prácticas performativas que repiensen y pongan en cuestión la supuesta naturalidad de dicha relación.

Porque creemos que los intelectuales no son otra cosa que trabajadores de la cultura y, como tales, muchos de nosotros, activistas, militantes (no pensadores de las luchas de otros, sino luchadores: políticos, sindicales, intelectuales… culturales…). En ese sentido, la ensayística es vista como un tipo de escritura mucho más afín a nuestros propósitos. Por su impureza, mezcla, dislocamiento; escritura apasionada, desestabilizadora, anticlasificatoria. Tal como supo destacar Eduardo Grüner en Un género culpable, puede decirse que en todo ensayo que se precie de tal hay una política, ya que el ensayo puede ser pensado “como un campo de batalla en el que se juega el conflicto de las miradas que se echan sobre la cultura”.

En fin, por todos estos motivos (entre muchos otros) es que hacemos esta reivindicación apologética del ensayo.

 

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