domingo, 4 de febrero de 2018

Sobre Santiago Maldonado, la RAM y las operaciones de prensa (un posteo).


FUEGO (¿AMIGO?)...


Por Mariano Pacheco
(@PachecoenMarcha)



Hace unos días me topé con una nota de Horacio González en Página/12, en donde polemizaba con un artículo de Sergio Bufano publicado en el diario Clarín, en el que realiza una operación que, a esta altura, lo único que faltaba.
Me demoré días en leer el texto de Bufano, como no queriendo meterme en el tema, como queriendo esforzarme por retener en mi memoria la imagen de ese tipo amable con el que era posible polemizar con altura. Pero finalmente lo hice, leí el texto y, por las citas de González, ya intuía lo que se venía. Y se vino.
Bufano reduce la lucha mapuche a la RAM y a la RAM a un grupo extemporáneo que pasa a la lucha armada en momentos en que en el mundo ese método de lucha queda fuera de lugar (según el autor de la nota). Pero como si fuera poco, el remate del "fuego" (¿amigo?): contrapone la bondad de Maldonado con la "deserción" de los mapuches, en una suerte de construcción de "neoliberalismo de izquierda" (los integrantes de la RAM decidieron actuar, en plena retirada --en plena represión de Gendarmería Nacional-- bajo la lógica del "salvense quien pueda" y fue ahí cuando "dejaron tirado" a Santiago.
Hace tiempo que no sé nada de Bufano. Tampoco nos conocimos mucho, más que algunos cruces de correos electrónicos y la participación conjunta en una mesa en 2012, antes de que me viniera a vivir a Córdoba, en donde discutimos sobre la lucha armada (él venía de la experiencia de la revista con el mismo nombre, que luego se hizo anuario y yo estaba terminando de escribir mi libro Montoneros silvestres).
Creo que lo de Maldonado fue uno de los acontecimientos políticos de mayor envergadura de estos años cínicos. El hecho de que muriera ahogado no quita responsabilidad a un Estado que busca resolver los conflictos sociales a través de la represión, con fuerzas del orden como las que tenemos (las que asesinaron a Kosteki y Santillán, a Fuentealba, a Juan Kukoc y a Maldonado, que huía de las balas de Gendarmería.
Y también a Rafaél Nahuel, que nuestras bellas almas progresistas, a veces tan racistas, paracen no tener tan cuenta como a Maldonado (¿acaso la vida de un luchador mapuche vale menos que la de un pibe blanco de clase media?).
Cuánto o no pudieron ayudar a Santiago los militantes mapuches (no los "terroristas de la RAM", como sugiere Bufano y no deja de repetir el diario en el que publica su nota), es una discusión interna, nuestra, de los que llevamos a Maldonado y Nahuel en el corazón; los que nos indignamos ante la detención y el asesinato de compañeros, más allá de las diferencias políticas que podamos tener; los que sabemos que más temprano que tarde, las instalaciones del monopolio deberán arder, con sus laburantes afuera, gritando junto a su comisión interna: "Unidad de los trabajadores, y al que no le guste, se jode, se jode". 


IMAGEN: Flyer de La luna con gatillo (por Florencia Longo).

NOTAS:

"Ese Maldonado que no cesa". Por Horacio González: 



"De aprendices, partisanos y desertores". Por Sergio Bufano.


Diciembre en diciembre: masividad, organización, combatividad

SOBRE LA BATALLA DE LA PLAZA DE LOS DOS CONGRESOS

Por Mariano Pacheco


Por primera vez las jornadas insurreccionales del 19 y 20 de diciembre de 2001 se rememoraron en las calles. Atrás quedaron los escenarios en plazas, los extensos documentos a quienes nadie les presta atención, la larga fila de oradores poco escuchados. La acción directa dio un paso al frente. Este año se expresó en la lucha de calles la bronca acumulada.
Diciembre del 17 marcó un revés, un contragolpe a la tendencia cambiemista de instalar una nueva hegemonía en el país. De algún modo diciembre es la mejor fotografía del año duro, crudo, en el cual las luchas de las y los trabajadores de la economía popular jugaron un papel central: primero por hacer cumplir la Ley de Emergencia Social (aprobada en el Congreso en diciembre de 2016, tras varios meses de lucha); después por instalar el debate en torno a la necesidad de una Ley de Emergencia Alimentaria, siempre poniendo en acción al precariado, en muestras de fuerzas cuya principal característica fue la masividad (su pico más alto en San Cayetano, con sesenta mil personas movilizadas en Buenos Aires).
Pero diciembre del 17 marca también la mejor fotografía respecto de la persistencia de otras luchas que vienen de lejos. En primer lugar la de las mujeres, quienes primero con el grito de #NiUnaMenos y luego con el Paro Mundial lanzado desde Argentina pusieron en el centro de la escena un proceso de organización, luchas e insistencia en la visibilización que lleva ya décadas, como décadas lleva la persistente lucha de los organismos de derechos humanos, que tras el caso Maldonado y en el reclamo de libertad a Milagro Sala revitalizaron las mejores reservas de dignidad con las que contamos como pueblo. Organismos que surgieron tras la derrota (a picana, sangre y fuego) de los procesos de organización popular que pusieron en cuestión la propiedad privada, la misma que se ve cuestionada hoy por las luchas llevadas adelante por la comunidad mapuche que reclama autonomía y soberanía sobre tierras que han sido alambradas durante el anterior genocidio estatal.
Diciembre en diciembre porque la masividad, los niveles de organización y la combatividad demostradas en las jornadas del 13 y 14 y del 18 y 19 de diciembre expresan asimismo la mejor fotografía de aquello que quedó activo de 2001 en las subjetividades populares, luego de una década larga de un relato oficial que situó al 2001 en el lugar del infierno, el sitio al cual nunca más había que regresar, la experiencia diabólica a conjurar.
Diciembre del 17 como punto de llegada pero también como punto de partida. Porque este año no se expresó en Congreso un proceso creciente de resistencia popular, nacido en la periferia y extendido lentamente al centro del país, como en 2001. La dinámica de luchas actuales encuentra en Buenos Aires su centralidad y a veces su exclusividad.
La plaza del 18 de diciembre fue capaz de expresar una inteligencia común del campo popular, sin dirección política unificada. Importante fotografía, pero habrá que ver qué visualizamos al ver el video y ya no la foto.
En Congreso convivieron lógicas bien diferentes: movilizar y replegarse ante la represión; aguantar la parada sin enfrentar; hacer retroceder a cascotazos a las fuerzas de seguridad. Como casi nunca ocurre, las diferentes lógicas pudieron convivir sin muchas complicaciones. Por otra parte, también fue inédita la franja etárea expresada en la jornada: jóvenes haciendo sus primeras experiencias en la militancia; jóvenes que se sumaron a la política en los años kirchneristas; ya no tan jóvenes que protagonizamos el 2001 y las batallas previas de los años noventa; veteranos de los setenta que no estuvieron en los noventa y el 2001 pero sí durante la “década ganada”; veteranos que nunca dejaron de estar presentes en las luchas. A nivel social e identitario sucedió algo similar: la plaza del lunes 18 encontró hermanados, en una misma jornada, al Movimiento Evita y a todos los partidos trotskistas (los tres que integran el Frente de Izquierda y los Trabajadores: el PTS, Izquierda socialista y el Partido Obrero; el MST y el MAS y hasta el PSTU al que pertenece el “compañero-mortero”); sindicatos integrantes de las dos CTAs, como SUTEBA y ATE; agrupamientos de la CGT como la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y otros de la Corriente Federal de los Trabajadores (incluso el comunicado de la cúpula de la CGT, el mismo lunes por la tarde, condenando la “violencia” y no la represión, provocó el alejamiento de los metalúrgicos encabezados por Francisco “Barba” Gutiérrez); los movimientos sociales que integran el Triunvirato (Barrios de Pie, la Corriente Clasista y Combativa y los diferentes grupos de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular) y los que no se encuadran en dicha coordinación (el Frente Popular Darío Santillán; el Frente de Organizaciones en Lucha; el FPDS- Corriente Nacional); sectores del kirchnerismo (Patria Grande, alguna que otra columna de Nuevo Encuentro y La Cámpora) y la izquierda no trotskista (como las organizaciones que confluyen en Poder Popular). Docentes, estatales, estudiantes, jubilados, universitarios, trabajadores del subterráneo y la gran masa del precariado: kirchneristas no peronistas y peronistas no kirchneristas (también peronistas-kirchneristas); troskos, maoístas, guevaristas y otros izquierdistas sin ismos. También anarcos, por supuesto. Y algún que otro “servis”, que en medio de tamaña hazaña, no encontraron su lugar bajo el sol.
Diciembre del 17 expresó en las calles un crisol que ya no se expresa en las interpretaciones del propio diciembre realizadas días después. El frente único anti-neoliberal se expresó con claridad en jornadas memorables, pero el balance es dispar. Habrá que ser audaces entonces para combinar ambos aspectos: golpear juntos al macrismo; pensar/proyectar por separado. Resulta ilusorio pensar en combinar miradas tan dispares (afectos de la rebelión/lógicas de la gobernabilidad), pero también ilusorio resultará pensar que la propia estrategia basta.
Habrá que ver si el espíritu de diciembre se sostiene para las próximas batallas. El “reformismo permanente” ya está anunciado. Ya vimos cuán reformistas son para llevarlo adelante. Y también: cómo sorprende un pueblo que se dispone a desafiarse más allá de lo que se supone que puede.

jueves, 7 de diciembre de 2017

LOS AÑOS CÍNICOS-

#BastadePerseguir; #SinPoderPopularNoHayJusticiaSocial

 Por Mariano Pacheco 
(@PachecoenMarcha)



A poco de conmemorarse el segundo año en la gestión del Estado Nacional, ya podemos empezar a hablar de "los años cínicos" de la Alianza Cambiemos.
Las noticias del día son sombrías: a las detenciones de Milagro Sala y las tupakeras en Jujuy, y de Facundo Jones Huala en la Patagonia se le suman ahora la detención de Luis D'Lia, más en la línea de "preso por kirchnrista" que de preso por liderar la protesta social, pero no deja de ser un golpe simbólico a las organizaciones que parieron la resistencia al neoliberalismo, con todas las diferencias que podamos tener (no olvido las ganas de partirle la cabeza de un botellazo al gordo cuando salió a boquear tras el asesinato de Darío y Maxi).
Hace uno días decíamos que Cambiemos apostaba al "cocoliche" para demonizar y reactualizar la teoría de --vaya la redundancia-- los dos demonios, ahora recargada. La operación consiste en poner la etiqueta de Mapuche-terrorista/kichnerista/izquierda/derechos humanos a toda tendencia disidente de la sociedad.
Al pedido de desafuero de CFK por parte de el juez federal Claudio Bonadío (una ex presidenta electa senadora por el voto popular) se le suma el arresto en la madrugada de Carlos Zannini y Luis D'Elía (previo aviso a los mass media para captar las imágenes y montar el circo) y el procesamiento (sin prisión preventiva), del ex secretario General de la Presidencia Oscar Parrilli y del diputado y dirigente de La Cámpora Andrés Larroque.
"Bonadio avanzó en la denuncia del fiscal fallecido Nisman, que acusó la firma del Memorándum con Irán como traición a la patria", puede leerse en los diarios de hoy.

***
 
SABEMOS: CON ESTA DEMOCRACIA (DE LA DERROTA), NO SE CURA, NI SE COME, NI SE EDUCA. Pero las construcciones de autonomía y poder popular encuentran un ecosistema menos hostil para desarrollarse en la medida en que el estado de derecho tiene cierta vigencia. Sino, es el combate abierto, pero no el elegido por propia decisión en un momento determinado sino el impuesto por las altas esferas del poder, en una clara asimetría de fuerzas.
Está circulando para hoy una convocatoria a marchar a Plaza de Mayo, desde las 18 horas.
La avanzada mediático-judicial-política de las fuerzas diabólicas que ya golpearon a la puerta tiene que encontrarnos con capacidad de autodefensa, es decir, de gestar las prácticas necesarias para afectivizar un cuidado de sí colectivo, que priorice la UNIDAD en las calles sin esquivar la POLÉMICA DE IDEAS.
CONSTRUIR LA BARRERA DE CONTENCIÓN A LA OFENSIVA CONSERVADORA ACTUAL REQUIERE DE UNIDAD, PERO TAMBIÉN DE DEBATE PARA QUE SE NO PRETENDA QUE EL FRENO CONJUNTO A UN ENEMIGO COMÚN DILUYA LAS DIFERENCIAS.
Queremos defender los elementos garantistas presentes en el estado de derecho de estas democracias parlamentarias, representativas, y a la vez, queremos discutir la reducción del protagonismo popular a la representación y de la política a la gestión.

martes, 5 de diciembre de 2017

Reseña de “Sublunar", de Javier Trímboli (Cuarenta Ríos)


Entre el kirchnerismo y la revolución 


Por Mariano Pacheco 
(La luna con gatillo)


Rarísimo, por decirle de algún modo, lo que pasó en al historia del 2001 al 2015”.



Resulta interesante ver la operación de lectura que hace el historiador Javier Trímboli para comenzar su Sublunar: revisitar el emblemático número 7-8 de la revista Contorno para intentar ver qué pensaron los intelectuales de izquierda sobre el peronismo tras su derrocamiento, momento complejo por tratarse de advenimiento de la Revolución Libertadora (La Fusiladora, según Rodolfo Walsh). Lo interesante viene no tanto del hecho de que la situación post 1955 sea parecida a la post 2015 (el kirchnerismo no fue derrocado, perdió las elecciones; y la fuerza que conduce Cristina Fernández de Kirchner no promovió hasta el momento ningún proceso de resistencia popular a la restauración conservadora que se impuso) sino más bien porque hace algo que desde el kirchnerismo se supo hacer poco o no se hizo: situarse dentro de la historia. Resulta paradójico tratándose de un espacio que hizo de la historia el lugar de inspiración para nombrar muchas de sus agrupaciones.

Con buen tino, durante los años del kirchnerismo en el gobierno nacional a nadie se le ocurrió hablar de revolución”, escribe Trímboli mientras da el visto bueno a un antiguo compañero de ruta devenido funcionario amarillo que sostiene que en la actualidad quienes están pasándola mal (en términos políticos, no de calidad de vida) son quienes creen que el kirchnerismo “hizo una revolución” y, por lo tanto, piensan que “desde el 10 de diciembre viven una contrarrevolución”.



Diferencia y repetición

¿Puede hablarse de un proceso de contrarrevolución sin un momento previo de revolución? Capaz que sí, al menos si se piensa históricamente 2003, es decir, si se asume que no hay 25 de mayo sin 20 de diciembre. Contra todo el sentido común kirchnerista, Trímboli no coloca a 2003 en serie con 1973 y la fecha fundacional del kirchnerismo se presenta contaminada con la presencia de 2001. No es que 2001 haya implicado un momento revolucionario -no al menos en los términos clásicos- pero sí en tanto que las jornadas de diciembre habilitaron a repensar nuevamente qué entendíamos por política. Así al menos lo subrayó en su momento Raúl Cerdeiras desde las páginas de la revista Acontecimiento, publicación que Trímboli recupera, en su labor de genealogista, junto con los textos del Colectivo Situaciones y la revista La escena contemporánea. El 2003 en serie con el 2001  y las jornadas del 19 y 20 en serie con el proceso previo, al menos el que va desde Cutral Có hasta Puente Pueyrredón (1996-2002). La emergencia de los nuevos movimientos sociales en Argentina y el zapatismo en México, y toda una “sensibilidad anarquista” que recorre el mundo.

En los años del neoliberalismo los reflejos salieron a relucir para entremezclarse y sostener lo que quedaba de la revolución, cuando maltrecha no quería acomodarse del todo”.

En la coyuntura 2001, nos recuerda Trímboli, sin que se hablara de comunismo “se intentó pensar otra cosa” y esa otra cosa, por otra parte “sostenida en condiciones de vida y prácticas que lo hacían posible; y también señalaban sus límites”.

¿Qué pasó en 2001, entonces? La pregunta no deja de interpelar(nos).

Sublunar no sentencia al respecto y tal vez allí radique una de sus grandes virtudes, porque abre -o vuelve a recordarnos- algunos interrogantes que ante el cambio de coyuntura política se vuelven centrales. En este sentido no es un libro para la tribuna. Mucho menos para las sectas (o los aduladores de posiciones sectarias). Situación que no quita que Trímboli se posicione, como lo hizo cuando fue funcionario del Ministerio de Educación durante las gestiones de Néstor y Cristina.

Su ensayo es a la vez un testimonio singular de cómo vivió la “década ganada” -en términos subjetivos, políticos- y un intento por pensar esos años por fuera de la mito-manía. De allí que caracterice a “los años kirchneristas” como una experiencia “apenas reparadora, tibiamente redistributiva” pero con gran capacidad para leer la época. Y como si se propusiera abrir un diálogo, una polémica con las experiencias y la biblioteca autonomista -que cita asiduamente-, plantea: “tanto en 2009 como hoy dan ganas de conversar sobre las chances que había -si había alguna- para que en 2003 el antagonismo se siguiera expresando como movimiento de masas e incidiera en la sociedad”. Trímboli lo dice a propósito de algunos textos escritos por este cronista, así como por otros publicados por Diego Stulwark; pregunta ante la que él y tanto otros ensayaron una respuesta, presente en este libro bajo el modo de “fascinación” por la presencia de un Estado ante la tarea reparadora que se avecinaba.



Rearticulación temporal

La hipótesis central del libro ronda en torno a quienes que el kirchnerismo supo atraer y articular, definidos como aquellos que “habían estado bajo el signo de la revolución”. Sean porque la vivieron, es decir, porque fueron parte de la generación que quiso gestarla, sea porque crecieron bajo su sombra (la de la derrota de aquellas apuestas). Una derrota imposible de ser pensada en clave y perspectiva actual. De allí que Trímboli afirme:

Sólo al aceptar la derrota, pero al hacerlo con incomodidad y disgusto, se podía apreciar el pasaje de la revolución a la reparación no como maniobra distractiva de lo verdaderamente importante, tampoco como traición”. Reflexión a la que puede agregarse la siguiente: “imposible no observar que de la revolución a la reparación hay un largo camino, una indisimulable diferencia. Para que una tarea como esta -¿reformista?- nos convocara, además del agotamiento de la revolución en tanto meta y tarea, pasó la experiencia misma de ese largo maltrato, de esa sostenida ofensiva que se había padecido”.

Es en este sentido que para el autor el kirchnerismo tenga en su haber el hecho de haber podido articular tiempos generacionales largamente desarticulados y hacer que “por fin” coincidieran. Por eso la voz de Trímboli pasa de una oración a otra del singular al plural; porque ante ese llamado acudió él como tantos otros que se vieron convocados “en serio” por primera vez, por la política sublunar.

Ya se ha dicho algo respecto de 2001, ¿pero qué pasó con el kirchnerismo? Trímboli propone una lectura de algunos momentos fundamentales de la “década ganada”. Así, sobre la coyuntura 2008 el autor afirma que el campo supo entonces “articular una amplia oposición que aglutinó a los desafectados con los gobiernos kirchneristas”. Y agrega: “a la par, esa fuerza social desposeída, que había logrado hacerse escuchar y en un instante, sin percibirlo, también atemorizar y por lo tanto afectar a los intereses acomodados, se encontraba en otra situación, desactivada”. Imagen que puede ser leída con otra, ya hacia el final del ciclo largo de gestión del Estado (en el medio: los festejos del Bicentenrio; la coyuntura inmediatamente posterior a la muerte de Néstor; el 54% de los votos obtenidos en las elecciones generales de 2011). “Nuestra imagen de la multitud herida es incompleta, además de porteña, más de clase media, flamante y recompuesta”. Lo dice a propósito del 9 de diciembre de 2015, la fiesta de despedida de CFK mientras en Jujuy, seguramente, la Túpac Amaru estaría organizando ya el acampe que días más tarde culminaría con la detención de su principal referente: Milagro Sala.



Pensamiento crítico, TV y “batalla cultural”

Ya hacia el final de las intensas 164 páginas que tiene el libro, Trímboli se mete con una discusión que, a los ojos de este cornista, hoy resulta fundamental no sólo para los compañeros de ruta que uno puede encontrar en eso que ha dado en llamarse kirchnerismo sino también para todos los que nos encontramos de este lado de la barricada. Me refiero a la cuestión de la batalla cultural en un sentido amplio.

En primer lugar, cabe destacar la cuestión de la televisión, que junto al boom de las redes sociales virtuales se ha convertido en el tema respecto de las subjetividades hoy en día.

En 2004, al trabajar con maestros y profesores, concebimos que la televisión era un problema en sí mismo, basura por entero que había que tirar por la ventana de los hoteles” escribe Trímboli en una suerte de honestidad brutal. Sin embargo, reflexiona que tras la aparición de “un puñado de programas de la TV pública” y otros de Canal Encuentro, les hicieron ver que la “divina TV Fuhrer” tenía chances de convertirse en otra cosa. Allí se dispusieron a librar cierta lucha al interior de esos medios. “Encuentro y Paka Paka fueron el principal vector de masas, mucho más importante que cualquier libro, incluso los que, a tono con los tiempos, se llamaron de divulgación”.

El autor caracteriza así que esta serie de intervenciones, que se podrían simbolizar en el personaje de Zamba, fue la “alianza más complicada y necesaria” que produjo el kirchnerismo para constituirse. “A él y a su multitud”, agrega Trímboli.

¿Batalla insuficiente? ¿No alcanzaron Paka Paka, Carta Abierta, 678, Página/12, el Grupo 23 y la larga lista que podríamos agregar?

Se podría pensar que el kirchnerismo amortiguó y le puso malla a lo más salvaje del mercado y del capitalismo financiero a través del Estado, pero parece más atinado decir que lo suyo fue un desvío inevitablemente momentáneo” afirma el autor de Sublunar, quien polemiza con extraños pero también con los propios, como Eduardo Rinesi o los que como él -según Trímboli- cargan en la cuenta del Estado más de aquello que desde una perspectiva transformadora se podría. Es decir, para quienes le piden al Estado más de lo que un Estado puede dar. Cuestión central a pensar, sobre todo si tenemos en cuenta los modelos (de “desarrollo”) propios de los progresismos Latinoamericanos.

Para ello Trímboli cita al mismísimo vicepresidente de Bolivia:

¿Cómo acompañar a la redistribución de la riqueza, a la ampliación de la capacidad de consumo, a la ampliación de la satisfacción material de los trabajadores con un nuevo sentido común?”. Y agrega Álvaro García Linera: “el socialismo no se construye por decreto ni por deseo, se construye por el movimiento real de la sociedad”. Reflexión a la que Trímboli le suma:

El movimiento de nuestras sociedades, o limitémonos a la Argentina, fue el de la época, consumista, productivista, con las inmersiones de política e ideología que la acompañaron hasta ahí”. Ausencia de norte transformador, entonces, más allá de los cambios de la década.

Hubo una renuncia a avanzar por este camino de la reflexión que de por sí es un camino político”, agrega Trímboli, para quien ni el debate que despertó la Ley de medios y otras iniciativas similares suplieron “la falta de reflexiones y definiciones sobre la sociedad que se quería construir” (socialismo o al menos transición desde el capitalismo hacia otra cosa, aclara luego).

Y otra vez la constelación de imágenes. El pasado y el presente que se entrecruzan. La actualidad junto con las reflexiones de mediana y larga duración. El auge de masas del movimiento popular en Argentina que se abre con el Cordobazo y que dura por lo menos hasta el retorno de Perón; el ciclo 2001-2015. El contraste es claro no sólo por las prácticas de un período y otro, sino también por algo tal vez más fundamental: mientras la lucha de calles de los años 70 se vio acompañada por una agitación de ideas (que no cesó de imaginar y nombrar aquello que se quería alcanzar socialmente), la primera década y media del siglo XXI careció de una reflexión profunda. “Incluso podríamos preguntar qué es la reflexión teórica o en qué se convierte cuando no hay objetivo estratégico”, apunta Trímboli.

Así llegamos al tramo final de Sublunar. Ya no aparecen los contornistas, ni los intelectuales setentistas, ni el peronismo. Aparecen Macri y Sarmiento. El eterno retorno o, tal vez, la pasión historiográfica puesta en juego por fuera de las rejas de la prisión de las lógicas académicas.

Funcionario de Estado, profesor universitario, Javier Trímboli logra sin embargo construir un ensayo en donde la biblioteca amplia y diversa que tiene se pone en juego no sólo en el intento de sostener la rigurosidad de lo que dice sino también en la composición formal del texto. No parece casual entonces la cita de Sarmiento: hombre político, teórico, escritor inclasificable.

Ir al fondo de la historia nacional, entonces, y a los cruces de género para poder escribir hoy y contribuir a la reflexión sobre la Argentina contemporánea.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Reseña de Antonio, de Guillermo Saccomanno (Seix Barral)


Dal Maseto y la literatura como oficio y cada libro como un nuevo territorio a conquistar

Por Mariano Pacheco 
(La luna con gatillo)


Un hombre se encuentra caminando solo, por el bosque y la playa, mientras conversa con su amigo muerto. La escena, repetida por días, se transforma en punto de partida de este relato que Guillermo Saccomanno le dedica a Antonio Dal Masetto, el “pequeño Giotto”, a quien reconoce como su maestro: “hablo de tu influencia, ese ejercicio pudoroso de lo pedagógico en la amistad que puede haber entre un maestro y su discípulo”.
Saccomanno habla de su amigo-maestro recientemente fallecido y, en esa conversación-monólogo reconstruye su vida –la de Antonio-, pero también la suya, y ciertos trayectos compartidos.
“Debe haber sido a mediados de los 80. Te veía a veces en una fonda del Bajo. Una noche me animé a acercarme a tu mesa, te acerqué un ejemplar de mi primera novela… Parabas en esa zona, el Bajo. Los bares donde se juntaban marginales, yiros, artistas, viejos melancólicos”.

Por prepotencia de trabajo
Por Saccomanno nos enteramos de la infancia de Dal Maseto, una coyuntura en donde en Italia mandan los fascistas y reina la guerra. Un padre obrero que desafía el toque de queda para no dormir en la fábrica y poder retornar a su casa. El autor de Antonio logra captar toda la sencibilidad del mundo que rodea a Giotto, lejos de cualquier pretensión de heroicidad. Así leemos: “Vuelve esquivando los tiros. No le importan. Cualquiera puede pensarse que es un valiente, uno que se arriesga por la resistencia. Pero no. Es un montañés tozudo. Su única razón es que quiere dormir en su cama”.
También nos enteramos por Saccomanno que primero el padre y un tío de Antonio vinieron para este continente a trabajar en una carnicería, y más tarde él, con su madre y una hermana. Qué Giotto trocó los zapatos por las alpargatas; que comenzó a trabajar en el reparto del negocio familiar; que hacerse entender en un nuevo idioma fue uno de los mayores desafíos. Y del comienzo de todo el mundo que rodea al Dal Maseto escritor también nos enteramos: “a veces, de noche, en la llanura, en esa casa baja, una luz permanece encendida. Sos ese pibe que lee hasta que el gallo cante”.
El pibe se hace adolescente y migra a la gran ciudad. Tiene 17 años, llega en micro al barrio porteño de Once con unos pocos pesos, se instala en una pensión y comienza a trabajar en una tienda (enrolla las telas que despliegan las clientas). “Desde entonces trabajaste sin parar. De cualquier cosa. Lo que vos querías era pintar, pero dónde ibas a guardar un caballete, los cuadernos, las paletas, los pomos, los pinceles. Ser pintor era caro. Entonces agarraste un cuadernito y empezaste a escribir”.

La escritura como oficio
Cuando las dictaduras golpearon sobre el cuerpo social, y por ende también sobre el ambiente literario, Antonio interrumpió la escritura (con excepción de palabras sueltas escritas en papelitos que, guardados en una caja, años más tarde se constituyeron en la materia prima con la que construirá una nueva novela) y volvió al trabajo manual: pintar paredes, por ejemplo.
En el medio, la escritura entendida como oficio, lejos de cualquier idea romántica de inspiración.
Escribir una novela, escribir para un diario o una revista, lo mismo da. Lo importante es captar la singularidad del acontecimiento escritura, las potencialidades que se despliegan en el movimiento de las manos sobre un cuaderno o una máquina de escribir.
Dal Maseto participó de Eco contemporáneo, junto con Miguel Grinberg y Jorge Di Paola, revista que contó con el apoyo –entre otros-- de Julio Cortázar. También –de la mano de Miguel Briante-- trabajó en Confirmando, donde trabó amistad con Osvaldo Soriano. Años más tarde publicó columnas en el diario Tiempo argentino. “Empezando el 2000, dejás de escribir contratapas. Vas al diario, anunciás tu retirada. Tus textos de los martes ya son un clásico, se recopilaron en libros. No puedo seguir. Son más de diez años. Uno debe darse cuenta cuando se repite. Entonces hay que parar”.
La fidelidad a la escritura, la incomodidad, no pensar en el qué pensarán antes de comenzar a exteriorizar lo que se siente, lo que se piensa, lo que se imagina.
Una novela centrada en un pueblo que se parece demasiado a Salto, donde se crió Dal Maseto. Un texto que no deja bien parados ni a los poderosos ni a sus vasallos del lugar. “Un fresco de pago chico”, escribe Saccomanno. Y agrega: “pero el pueblo olvida pronto su indignación al enterarse que la novela será película. El cine llega al pueblo. Llegan los técnicos, los actores. Y los periodistas. Por unos minutos de fama todos olvidan la denuncia de sus agachadas y complicidades. Ahora sos una estrella”.

Una escuela literaria
Este libro habla de Antonio, sí, pero no sólo de él, sino también de su autor, del vínculo entre ambos, y de ese pliegue profundo que los unió: la literatura. El texto funciona así como una máquina de lectura y de crítica en el testimonio vivo de cómo un escritor se hace, con todo lo tormentoso que eso puede llegar a ser: “cuando decidí ser escritor sabía que no tenía por delante una vida fácil, decías. Me esperaban dificultades, penurias, el riesgo del hambre. No me importaba. Era joven. Estaba dispuesto a todo, pero nada me importaba, nada iba a detenerme”.
“Los libros sirven para romper la soledad”, escribe, en alguna otra parte, el autor de El pibe, quien afirma que es en el insomnio en donde suele encontrar “la palabra perdida, la frase fugitiva”, más allá de que recuerda que su amigo Antonio cultivaba una idea de la escritura como oficio, tal como ya hemos remarcado.
El libro, entonces, como construcción oficiosa, pero también, como esa otra tierra en donde los escritores (siempre extranjeros) podemos reconocernos (“escribir es averiguar, me decís. Te parafraseo: cada libro es un territorio a conquistar”. El autor de La lengua del malón da un paso más, y define el estilo de Dal Masetto como “literatura de la experiencia”. “Hay que observar a la naturaleza, me decías. Siempre enseñaba algo que uno por lo general ignora. Y que no tiene por qué saber. El secreto es que el lector se dé cuenta de eso sin que uno lo señale, me decís”.
Y más adelante agrega: “de hecho, la literatura que nos gusta se suele nutrir de la realidad así se trate de una novela de aventuras”. La literatura como aventura, entonces, y como conquista. Y como juego (un gran tablero sobre la mesa), en donde el escritor juega a ese juego que es escribir para encontrarse. “Quiere expresar otra cosa. No le convence decir lo que ya dijo. Aunque consiga decirlo bello y sublime, no le alcanza. Como el jugador, necesita seguir apostando”.
Aunque también, tal como aparece narrado en Antonio, la literatura puede ser “vicio absurdo”, una práctica que –se asume-- puede que no pueda nada, o al menos que pueda hacer muy poco contra la injusticia, en un mundo en el que crece cada día la tendencia del “limitado valor de lo que hacemos”, pero que –sin embargo-- se emprende igual, con obstinación.
“Entonces me pregunto en qué consiste la necesidad de escribir, este impulso”, escribe Saccomanno. Y como en una suerte de homenaje al maestro, y a sí mismo, y todos los que escribimos, remata: “no digo que la escritura sane, pero apuesto a que predispone la resistencia”.


viernes, 1 de diciembre de 2017

Apuntes sobre la cuestión mapuche y el movimiento popular

Terrorismo mediático+terrorismo estatal+terrorismo vecinocrático, la santísima trinidad

Por Mariano Pacheco
(La luna con gatillo)




La operación es doblemente clara: por un lado, reducir la experiencia activa de comunidades mapuches a una organización caracterizada como violenta, terrorista, en medio de un contexto signado por la aprobación de la Ley antiterrorista durante la anterior gestión de gobierno. Por otro lado, propiciar la teoría del buen salvaje: el resto de los mapuches (es decir, aquellos que no participan activamente de una lucha) son mansos, propensos al diálogo y el acuerdo con las fuerzas estatales argentinas. “La estrategia de Garavano consiste en entablar rápidamente una negociación con los mapuches pacíficos para mejorar su calidad de vida. Ya está en Bariloche una delegación del INAI (Instituto Nacional de Asuntos Indígenas), organismo que pertenece a la estructura del Ministerio de Justicia. Esa mesa de diálogo es promovida también por el obispo de Bariloche, monseñor Juan José Chaparro, quien confirmó que la mayoría de la comunidad mapuche es pacífica. La estrategia de Garavano parece consistir en aislar a los violentos. Pero para eso necesita avanzar en la negociación con los mayoritarios mapuches pacíficos”, escribe Joaquín Morales Solá desde las páginas del diario La Nación.

La operación, entonces, consiste también en afirmar una certeza: hay que “comprar” sin matices, (desde los medios hegemónicos de comunicación) la versión oficial del gobierno sobre el asunto (o enlazar de un modo en que cada uno compra la versión del otro, en realidad). Y esa versiones sumarle las voces de las “fuerzas vivas” de la sociedad (en la Patagonia encabezadas por las Cámaras de Comercio y la Sociedad Rural).

Así, toda lucha queda inscripta bajo la lógica terrrorista impuesta por el terrorismo mediático, quien agita la tribuna periodística para que la Justicia no duerma, no relentice el proceso de avance gubernamental acompañado por una buena parte de la sociedad. La reactualización de la teoría de los dos demonios ya se puso en marcha hace un tiempo, pero con la cuestión mapuche se acelera, porque además les resulta más fácil que con otros sectores afirmar que son una “estructura armada”: están en zonas despobladas, alejadas de los centros urbanos, se mueven a caballo, todo da para colocarlos en el lugar de guerrilleros o bandidos rurales, lo mismo da (“Villa Mascardi: un cerro boscoso donde anida la resistencia mapuche”, es otro título de un artículo publicado en el diario de los Mitre). Además, se suma el componente racista y chouvinista (son unos negros de mierda que quieren robar suelo argentino) y el hecho de que, la Patagonia, es “el culo del mundo” (visto desde Buenos Aires).

Pero esto no es todo: así como se reduce lo mapuche a la RAM, ahora comienza el proceso de reducción (y “cocoliche”) de toda expresión disidente al universo simbólico sintetizado en la frase “son los organismos de derechos humanos, la izquierda y el kirchnerismo”.

Como telón de fondo están los 250 casos conflictivos contabilizados por Amnistía Internacional, dentro de los cuales hay que destacar el hecho de que, en la última década y media, el pueblo mapuche recuperó 250 mil hectáreas que estaban en manos de grandes terratenientes, tal como remarcó recientemente Darío Aranda (“Qué hay detrás de la campaña antimapuche”), texto en el que afirma: “La recuperación territorial implica mucho más que hectáreas: instala una concepción diferente de la tierra, que interpela el concepto de propiedad individual en busca de rentabilidad y lo suplanta por un espacio de ocupación colectivo, ´territorio ancestral´, imprescindible para el desarrollo como pueblo originario”.

De allí que las 129 sentencias de desalojos suspendidas hasta el momento por la Ley 26.160 (que desde 2006 impide el desalojo de los pueblos originarios de las tierras que habitan) preocupen en demasía a la gestión Cambiemos y la clase que expresa en el gobierno. De allí también que consideren a la cuestión mapuche como la punta de iceberg de un conflicto mucho más agudo, al que consideran una “bomba de tiempo”, y que involucra a las 23 comunidades protegidas por esta ley en Salta, más las 21 de Santiago del Estero, las 19 de Neuquén, las 17 de Jujuy, las 13 de Tucumán, las 11 de Mendoza, las 16 repartidas entre Chubut y Río Negro y las 7 de Formosa, donde habitan mapuches pero también Diaguitas, Calchaquíes, Qoms, Tobas, Quechuas, Tonocotés, Guaycurús, Collas, Wichis, Yogys, Guaraníes, Huarpes y Comechingones.

Contra ellas se erigen con su grito espantado las fuerzas oscuras que golpean a las puertas.

Terrorismo mediático+terrorismo estatal+terrorismo vecinocrático: la santísima trinidad.

martes, 28 de noviembre de 2017

De la “Masacre de Avellaneda” a la “Masacre de Bariloche”


  Lo que se busca es poner orden, domesticar al movimiento popular y abortar las perspectivas de autonomía de los de abajo


Por Mariano Pacheco 


¿No sentimos vergüenza de los valores, los ideales y las opiniones que se imponen en nuestra época? Cuesta imaginar qué habrá más allá de la oscuridad de sabernos indiferentes ante la muerte del otro, ante el dolor de los demás. “No nos sentimos ajenos a nuestra época”, escribieron los pensadores críticos Félix Guattari y Gilles Deleuze en ese bello texto titulado ¿Qué es la filosofía?, último episodio de esa saga de cuatro tomos escritos de conjunto que hoy resulta difícil no leer como arma para el combate por sentido de nuestras existencias, contra todas las fuerzas que se empecinan en envilecernos.
Tampoco nosotros nos sentimos ajenos a nuestra época, a este complejo momento que atraviesa la Argentina, nuestra Patria (Latinoamérica) y nuestra Casa (el mundo). Como ellos, también nosotros sentimos que contraemos con la época compromisos vergonzosos. Pensamos, sentimos y actuamos acechados por la vileza y la vulgaridad de existencias que todo el tiempo pretenden ser reducidas a a la insignificancia de la vida-para-el-mercado-de-estas-democracias.
Las últimas horas se poblaron de dolor para quienes, como alguna vez señaló el comandante nuestramericano Ernesto Che Guevara, sentimos el dolor ante cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier lugar del mundo.
Esta vez tocó cerca, aunque para nuestras bellas almas racistas una comunidad mapuche del sur país sea el culo del mundo.


De Kosteki y Santillán a Maldonado… y la escalada que se impuso
La “Masacre de Avellaneda”, el operativo criminal llevado adelante de manera conjunta por las fuerzas de seguridad del Estado bajo la gestión del presidente interino Eduardo Duhalde no sólo se cobró las vidas de nuestros compañeros Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, sino que también intentó volver a implantar el terror en nuestros cuerpos y subjetividades, luego de que seis meses antes (el 19 y 20 de diciembre de 2001), las bases del terror dictatorial que persistía introyectado en el cuerpo social de la democracia de la derrota como “herencia cultural del proceso” (tal como lo describió Fogwill) hubiese estallado por los aires cuando las multitudes desafiaron en las calles el decreto de “Estado de Sitio” del presidente Fernando De la Rúa. Los asesinatos del 26 de junio de 2002, entonces, como intento de domesticar al movimiento popular en su conjunto, y de abortar las potencialidades autónomas desplegadas durante esos años previos por el nuevo protagonismo social.
Algo similar puede pensarse que ocurrió con los asesinatos de dos militantes durante la “década ganada”, que se transformaron en símbolos de la época más allá de el silencio de la clase dirigente del progresismo estatal: Carlos Fuentealba y Mariano Ferreyra. En ambos casos difieren las manos asesinas (el Estado provincial neuquino en el primero, una patota de la burocracia sindical ferroviaria en el segundo) pero coinciden en el intento de frenar un estado de insubordinación de una franja asalariada movilizada y de un proceso creciente de politización, que a su vez puede ser leído como un intento de ganar márgenes de autonomía obrera frente a las estructuras burocratizadas del mundo sindical argentino (en el caso de la Asociación de Trabajadores de la Educación de Neuquén al interior de CTERA-CTA, en el caso de los “precarizados” del ferrocarril Roca respecto de los gremios del sector dentro de la CGT).
El asesinato de Santiago Maldonado (aún en caso de haberse ahogado no deja de ser un episodio que de trágico solo tiene el hecho de que estaba escapando de una represión desatada ilegalmente por fuerzas del Estado) simboliza también el intento de ponerle un freno al movimiento popular movilizado (contra el 2x1; por el Ni Una Menos; por la reincorporación de los despedidos en el Estado por el criterio de “sinceramiento” macrista; por la Ley de Emergencia Social; etcétera, etcétera, etcétera) e incluso, contra las perspectivas de autonomía de las comunidades mapuches, que vienen a denunciar (en palabras y en actos) el núcleo duro de la Argentina de post-dictadura: la persistencia de la propiedad privada como sacrosanto derecho incuestionable.


El futuro ya llegó
Suele haber un desfasaje entre los cambios que se operan a niveles macro, en los virajes que toman las políticas de Estado y los modos en que el movimiento popular procesa esos cambios y redefine cursos de acción. Se vio durante el “desarme estratégico” de los primeros años noventa, y también, en el desconcierto de los primeros años kirchneristas. Algo similar puede decirse de estos 23 meses de gestión cambiemista.
Es común escuchar entre las militancias la frase “hay que prepararse para lo que se viene”. Cuesta dimensionar que seguramente agosto de este año marcó ya el inicio de un nuevo ciclo político en la Argentina (de nuevo, visto desde la perspectivas micropolíticas no siempre los cambios coinciden con el calendario electoral de las democracias parlamentarias, sino con otras maniobras más relacionadas con las mutaciones en las relaciones de fuerzas).
La desaparición primero de Santiago Maldonado, y la aparición de su cuerpo luego (¡un 17 de octubre!) mostraron toda la crudeza de las fuerzas que enfrentamos: el Estado, pero en simultáneo, los medios masivos (hegemónicos) de des-información, las redes sociales virtuales, las peores tendencias del sentido común fascistizado.
La represión desatada ayer sábado 25 de noviembre en Bariloche se cobró la vida de Rafael Nahuel, comunero mapuche de 22 años, luego de ser alcanzado por una bala de un arma de fuego disparada por un miembro del grupo Albatros (Prefectura Naval Argentina), tras el intento de desalojo de la comunidad del Lof de Lafken Winkul Mapu (Villa Mascardi). La violencia de Estado también dejó como saldo dos personas heridas y otras dos detenidas: el Secretario General de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE) Seccional Andina Sur (El Bolsón), Javier Milani, y su esposa Florencia Placidi (también trabajadora estatal).
Hoy la portada del sitio web del diario La Nazión nos habla de la desaparición del submarino ARA San Juan, y de las 3 notas centrales sólo una se refiere a lo acontecido ayer: se nos “informa” que la Casa de Río Negro en Buenos Aires fue “destrozada” anoche por un grupo de “15 personas”, “algunas de ellas con las caras tapadas”. Clarín, el Gran Diario Argentino, nos habla en cambio del “enfrentamiento a balazos” entre Prefectura y un “grupo radicalizado” y de “incidentes en Bariloche” tras “la muerte” de un joven mapuche.
La ofensiva oficial contra Los Mapu pone al desnudo la estrategia gubernamental de disciplinamiento de todas aquellas expresiones sociales que luchen en la Argentina contemporánea, pre-requisito fundamental para avanzar con la ofensiva político-social, económica y cultural macrista.


En las calles, y las paredes, y los medios, y las redes...
Esta tarde el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia convoca a las 17 horas a movilizarse en Plaza de Mayo; en Córdoba, la Coordinadora Santiago Maldonado Presente a concentrarse a las 17 horas en el monumento a Agustín Tosco, frente al Patio Olmos y la Mesa de Trabajo por los Derechos Humanos a movilizarse a las 18 en Plaza San Martín (al parecer ambas concentraciones coincidirían luego). Seguramente haya otras expresiones de protesta en distintos puntos del país.
Resulta fundamental no abandonar las calles, ni las redes sociales, ni el combate por el sentido por todos los medios (conversando uno a uno con nuestras amistades, vecinos, familiares, transeúntes; publicando imágenes, audios, textos, videos en nuestros medios de comunicación popular; “filtrando” lo que se pueda en los medios masivos “progresistas”; pintando paredes, repartiendo volantes, pegando afiches…
Pero también será importante compenetrarnos con nuestra época, poder pensarla además de sentirla y actuar. No es más que una operación del poder separar nuestras acciones de lo que podemos pensar. El pensamiento crítico no puede ser otro desaparecido en democracia.
No sentirnos ajenos a nuestra época será entonces problematizar qué pasa con la violencia, la asesina, la estatal, pero también con la presencia (o ausencia) de la violencia popular, aquella capaz de resistir los embates del poder, de gestar la necesaria auto-defensa para que nuestras vidas, que para ellos ya queda a las claras que no valen nada, pueden perseverar en sus intentos para habitar críticamente el mundo. Es decir, en sus desafíos por transformarlo.


Córdoba capital, domingo 26 de noviembre de 2017.