jueves, 17 de mayo de 2018

Carta de Pedro Lemebel al Sub Comandante Insurgente Marcos


Aquellos ojos verdes (a ese corazón fugitivo de Chiapas) 
 

Por Pedro Lemebel



 En el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, recordar un texto fundamental del pensamiento y las letras en Nuestra América


Tal vez, porque supe de tu saludo al Frente Homosexual de Cataluña, donde una loca amiga recortó tu mirada de pasamontañas para pegarla en el telón blanco de su amor revolucionario. Quizás fue por eso, porque nunca tuvimos un Che Guevara propio, ni estrellas rojas en el amanecer nublado en Cuba. Y la montaña sandinista nos resultó demasiado empinada para el delicado aguante mariposa. Quizás, porque los héroes del marxismo macho “nunca nos tuvieron paciencia”, y prefirieron bailar solos, ideológicamente solos, la ranchera baleada de su despedida.
Por eso, querido Marcos, en esta esquina de la modernidad, donde casi no quedan estatuas que apunten al cielo con su puño cerrado. En este vértice del siglo, donde se venden las causas minoritarias en un revoltijo de plumas, condones y sostenes feministas. Ahora que tu México indio y pobre llega a Chile con peluca rubia de cambalache. Como si fuera una piñata Nafta que trafica Televisa repartiendo imágenes de Acapulcos coloridos y mariachis tecno. La postal cuate, donde la vida se empaqueta en teleseries gritonas y festivales de bikinis. La Mexicomanía que consume el neoliberalismo chilensis hartándose de tacos y enchiladas. Los mismos siúticos que ayer odiaban el chulerío picante de tu marimba azteca. La nueva clase pirula que saca pasajes para tostarse en Cancún, buscando un México light sin problemas sociales ni revueltas del pasado. Menos esas guerrillas que ahuyentan la inversión extranjera, ni esos pequeños sueños de justicia que la modernidad etiqueta de nostalgia. Porque el tercer mundo se totaliza capital, y su luz metálica apenas eclipsa el fuego verde de tus ojos.
Entonces, subcomandante, empuñas la treinta treinta y se levanta contigo el indiaje zapatista. Así fuera ayer la rebelión tizna de pólvora la pantalla del noticiario, y la foresta de Chiapas es el nuevo pulso que despierta en un alboroto de pájaros. Sólo que no es ayer, y los pájaros son helicópteros que zumban fatídicos por tu cabeza. No es ayer, lo repiten los ultimátums oficiales. Porque los Villas y Zapatas yacen pegados a los murales que fotografían los turistas. Pero igual sigues desafiando corajudo al Nuevo Orden. Igual sigues inventándole personajes a tu perseguido anonimato. Por ahí declaras que fuiste travesti en Barcelona, traficante en Times Square y pirata aéreo en El Cairo. Que nunca nadie dio con tu verdadero rostro, porque la revolución no debe tener un rostro. Es un imaginario posible, un paisaje que se completa con el rostro amado, soñaba Gilles Deleuze.
Sólo conocemos vestigios de selva que enmarcan tu mirada, sólo eso dejas ver. Y ese color turquesa entre las pupilas azabaches, lo tildan de intruso agitador. Pero tú ríes diciendo que son lentes de contacto. Más bien tus ojos se burlan del ojo mayor, tratando de identificarte en su- rompecabezas de fichaje. Tus ojos se mofan de la vigilancia y su stock de narices, orejas y bocas que tratan de encajar en la calavera prófuga en la calavera camuflada que requiere un rostro para el castigo. Porque el poder necesita un rostro para clavetear tu foto-recompensa. El poder te viste de caras para proclamar tu ansiada captura.
Por eso el empadronamiento mexicano improvisa una máscara y la reparte al mundo por Televisa, tranquilizando a los socios del Nafta. Enfatizando que la rebelión está controlada y ese tal Marcos está plenamente identificado. Y tú, escondido quién sabe dónde, contestas que no eres tan feo, que se guarden ese Frankenstein para sus pesadillas.
Pareciera que el corazón de Chiapas pende de un hilo, acorralado por el blindaje. Mientras tanto, mi amiga loca de Barcelona retrasa su reloj, suspende la hora del noticiario, porque no quiere conocer tus ojos sin pasamontañas. No quiere ver la pendiente suave de tu mejilla, ni la lija de tu barba a medio crecer por los días y días acosado por los perros del ejército mexicano. Escondido, cansado, travestido de india o caminante que no duerme, que no puede pegar el sueño y sueña despierto. Y los bellos ojos irritados por el polvo aún chispean esmeraldas en los humos del emplumado amanecer.
NOTA: Marcos recibió este texto en Chiapas, y le gustó mucho. Pero solamente un detalle le causó gracia: él dijo que no tenía los ojos verdes

viernes, 11 de mayo de 2018

El Mayo francés y la expansión del campo de lo posible


1968-2018


Por Mariano Pacheco


La creatividad del 68 francés puede verse y leerse con claridad al observar las gráficas y consignas de Mayo. El archi-conocido slogan La barricada cierra la calle pero abre el camino es emblemático porque señala, precisamente, no un camino, sino la voluntad de apertura a la invención de nuevos trayectos; abre las vías para una experimentación radical. Retrospectiva y perspectiva de unos cuantos días que conmovieron al mundo.


Crónica de una revuelta no anunciada

Los partidarios del orden solo quisieron ver en los acontecimientos de Mayo una explosión juvenil y romántica: se trataba en realidad de una crisis de la sociedad, y no de una generación”.
Simone de Beauvoir, Final de cuentas.

Mayo comienza en abril. Y la crítica a la Francia conservadora pasa en primer lugar por una crítica a lo que sucede en otras latitudes. O más bien: la crítica política de la cultura europea tiene un fuerte entrecruzamiento con la situación mundial, con las solidaridades internacionales que entonces circulan activamente.
De algún modo el Mayo Francés comienza el 19 de abril, cuando 2.000 estudiantes parisinos se agrupan en el barrio Latino para solidarizarse con los estudiantes alemanes, que han visto caer a uno de sus líderes asesinado en un atentado. A los pocos días una nueva manifestación logra agrupar a 5.000 estudiantes, ésta vez en solidaridad con el pueblo vietnamita que resiste los atropellos imperialistas. La tensión crece: uno de los referentes estudiantiles parisinos es detenido y su casa allanada. Los mitines continúa, así como las amenazas de los grupos derechistas, ante las cuales las autoridades universitarias ceden: se clausura la Facultad de Nanterre, la policía desaloja las reuniones y detiene estudiantes.
El 3 de mayo una movilización copa el patio de la Sorbona. El Partido Comunista Francés, alineado con la Unión Soviética, califica de “ultraizquierdistas” a los grupos que promueven el proceso de movilización (L’Humanité condena el “aventurerismo político” con “fraseología revolucionaria” de estos grupos, según sus propias palabras). La derecha también gana las calles, no con la masividad de los estudiantes, pero sí con grupos de choque. Las autoridades de la Sorbona (que ya habían desalojado una asamblea) se inclinan por una salida similar a la que tomaron sus pares de Nanterre: la facultad se cierra. Ya nadie puede entrar… pero tampoco salir. Los estudiantes pactan una retirada ordenada pero son emboscados y encarcelados por la policía. La Sorbona cierra sus puertas. Los estudiantes que no participan de las protestas salen de la pasividad y accionan contra la policía. Ésta responde luego con razzias en el barrio Latino. Todo joven es sospechoso... La rebelión se punr en marcha.
Durante el sábado 4 y domingo 5 de mayo los estudiantes realizan los aprestos necesarios para comenzar la semana movilizados. El lunes 6, 600.000 estudiantes pasan a la huelga general. Surgen nuevos modos de organizar la participación y la acción directa, circulan volantes interpelando a la clase obrera y la represión encuentra una respuesta en las calles: se erigen barricadas y la juventud estudiantil encuentra fuerte apoyo de la población. El martes 7 amanece con 800 heridos, el barrio Latino bajo Estado de Sitio y los liceos alborotados por la participación activa de los estudiantes secundarios. Por la tarde 40.000 estudiantes, muy organizados, atraviesan 25 kilómetros a pie entonando la Internacional. No hay pancartas partidarias sino carteles reivindicando la Comuna de 1871.
Se multiplican los actos de solidaridad en el interior de Francia y en otros países. La dirigencia sindical francesa se debate en la incertidumbre. Para cuando el PCF se posiciona junto a los estudiantes ya es tarde: nadie quiere que se opere una “captura” del movimiento por parte de las fuerzas “tradicionales”. El viernes 10 la semana se cierra con la “noche de las barricadas” en el barrio Latino. Hay represión y resistencia popular. “Fue la chispa que desencadena el movimiento popular. Balance de la lucha durante esa noche: quinientos detenidos, un millar de heridos, doscientos automóviles incendiados, el barrio Latino arrasado”, puede leerse en la “Cronología de una semana rabiosa”, publicada en el libro La imaginación al poder. París: mayo de 1968.
El sábado 11 las centrales sindicales convocan a la huelga general para el lunes 13. Durante el fin de semana sectores de la juventud obrera se movilizan al barrio Latino, participan de debates junto a los estudiantes y ultiman detalles para la movilización del lunes 13, que logró transformarse en la más importante desde la época de la liberación. Un millón de personas desfilan por las calles. Hay obreros, estudiantes pero también artistas y profesionales. Las banderas rojas flamean al ritmo de la Internacional. El martes 14 los estudiantes marchan a las fábricas bajo la consigna: “Los obreros deben tomar la bandera de lucha de nuestras frágiles manos”. El miércoles 15 se toma la fábrica Renault por parte de jóvenes obreros, conviertiéndola así en un bastión de resistencia sindical. Por fuera del quietismo de las direcciones se erige un movimiento de trabajadores que paraliza Francia: diez millones de obreros se lanzan a la huelga. “La ocupación de las fábricas por diez millones de trabajadores con la bandera roja como emblema fue un acontecimiento sin precedentes en la historia francesa”, reflexiona Simone de Beauvoir en su libro Final de cuentas.


Exagerar, provocar, inventar, participar


Se trata de lo que yo llamaría la expansión del campo de lo posible. No renuncien a ello”.
Jean Paul Sartre en diálogo con Daniel Cohn-Bendit.


La creatividad del 68 francés puede verse y leerse con claridad al observar las gráficas y consignas de Mayo. El archi-conocido slogan: La barricada cierra la calle pero abre el camino es emblemático porque señala, precisamente, no un camino, sino la voluntad de apertura a la invención de nuevos trayectos aún no transitados; abre las vías para una experimentación radical.
La conexión con el surrealismo, en este sentido, no es causal: Mayo del 68 es un movimiento político que conecta fuertemente con el arte, que reivindica para sí la productividad de la provocación, así como de la exageración, como puede detectarse en las siguientes consignas:

Exagerar es comenzar a inventar.
En los exámenes, responde con preguntas.
La revolución es una iniciativa.
Exagerar, esa es el arma.

También es un movimiento que, contra toda lógica de representación (aún de izquierda) destaca la acción y la participación directa de las masas en el proceso político, como puede leerse a través de éstas consignas:
El derecho de vivir no se mendiga, se toma.
Ser libre en 1968, es participar.
La calle vencerá.
Agitación permanente.
El acto instituye la conciencia.
Todo el poder a los consejos obreros.
Viva la Comuna.
No me liberen: yo me encargo de eso.
Más que nunca crear comités de acción.
Viva la democracia directa.
La acción no debe ser una reacción, sino una creación.
Participación activa de las masas en el proceso político y acción directa, incluso por medio violentos:

Debajo de los adoquines está la playa.
¡¡¡Te amo!!! ¡Oh! Díganlo con adoquines.
El fuego realiza.
Organizarse, armarse.
El combate es el padre de todas las cosas.

No deja de resultar interesante, contra las lecturas posterior que se han hecho del acontecimiento, que si bien son realizadas con fuertes críticas al PCF y todo lo que implicaba su alineamiento con la URSS, las movilizaciones de mayo del 68 se realizaron con banderas rojas, reivindicando a la Comuna de París y entonando la internacional.
Una puesta en cuestión que involucra tanto al capitalismo primermundista como al bloque soviético y su expresión europea, sea en su faceta universitaria o de reformismo sindical. De allí que emergieran, en el 68 parisino, consignas tales como Todo el poder a los Sóviets libres o No a la revolución con corbata. Y también estas otras:

Tenemos una izquierda pre-histórica.
Los sindicatos son burdeles.
Nada de revoque: la estructura está podrida.
La revolución estará mejor en las manos de todos/
que en las manos de los partidos.

Este cruce entre un legado comunista no estatalista y el surrealismo, como corriente vanguardista del arte, resulta fundamental para entender a Mayo del 68 como una protesta que pone en cuestión, simultáneamente, los modos de vida capitalista y los modos de vida bajo el socialismo real. La vocación por unir lo singular y lo colectivo, el arte y la vida, se torna entonces un eje fundamental del accionar político y el pensamiento crítico. Postulados que también puede leerse a través de las consignas graffitiadas en aquellos días:

El arte ha muerto, liberemos nuestra vida cotidiana.
Abajo el realismo socialista. Arriba el surrealismo.
Los que hablan de la revolución y de la lucha de clases/
sin referirse a la realidad cotidiana/ hablan con un cadáver en la boca.

En el campo específico del conocimiento Mayo del 68 también se torna en una experiencia insoslayable, por lo menos a la hora de pensar en una “enseñanza paralela” a la que ofrece la academia, sea porque uno ha decido fugar hacia otro lado, sea porque estando ahí adentro no soporta quedarse sólo en los lugares establecidos que ésta ofrece. La idea surgida aquellos días, de llevar adelante seminarios con profesores pero en los que no reproduzcan su “función magistral” tiene mucho que ver con las experiencias de educación popular que se han desarrollado con tanto ímpetu al interior de los movimientos sociales Latinoamericanos en las últimas décadas.
Las citas a Bretón, Nietzsche, Heráclito, dan cuenta asimismo de un estado de ebullición y de revuelta en donde el deseo pasa a estar en el centro de la escena. Ya no se trata (solamente) de denunciar el estado de necesidad, sino de expresar aquello de lo que son capaces los cuerpos (Olviden todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar; Tomen sus deseos por realidades).
Autogestión, y autogobierno, dos conceptos clave para pensar la experiencia parisina de 68.
Al pasar de la Huelga Pasiva a la Huelga Activa los trabajadores han demostrado que pueden tomar en sus manos y organizar ellos mismos los servicios públicos, sociales y los medios de producción, es decir, hacer funcionar sin patrón ni explotador de ninguna clase la máquina económica del país al servicio de los trabajadores”, puede leerse en una declaración de aquellos días emitida por el Comité de Ación del “IV Arrondissement”.
Algo similar aparece expresado en otro texto de la época, como el publicado por el Movimiento 22 de marzo, en donde puede leerse: “Queremos suprimir la separación que existe entre trabajadores y obreros dirigentes”. Y también: “Nos negamos a ser los eruditos amputados de la realidad social. Nos negamos a ser utilizados en provecho de la clase dirigente. Queremos suprimir la separación entre trabajo de ejecución y trabajo intelectual y de organización. Queremos construir una sociedad sin clases”, en un intento por aunar las luchas y establecer coordinaciones entre las fábricas ocupadas, y las facultades ocupadas.


El arte, la política y la vida


Siempre fluye o huye algo, que escapa a las organizaciones binarias, al aparato de resonancia,a la máquina de sobre- codificación; todo lo que se incluye dentrode lo que se denomina ´evolución de las costumbres´, las mujeres, los jóvenes, los locos, etc. Mayo del 68, en Francia, era molecular, y sus condiciones tanto más imperceptibles desde e punto de vista de la macro-política”
Gilles Deeleuze y Felix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia.


Se trata de manifestar, con un retraso de una semana y media, la solidaridad del cine con el movimiento estudiantil y obrero de Francia. La única manera práctica de hacerlo es detener inmediatamente todas las proyecciones”, dice un Jean Luc Godard en pleno ejercicio de su activismo militante, junto a otros cineastas de la talla de Truffaut, Louis Malle, Claude Berri y Roman Polanski, que aquel domingo 18 de mayo llevan al interior de las salas cinematográficas el debate que en las calles ya lleva más de dos semanas.
La Asamblea de Acción y de Información del Cine Francés ha logrado reunir, el día anterior, a más de mil profesionales en la Escuela Nacional de Fotografía y Cinematografía de Vaugirard.
Godard ya ha dirigido para entonces films como La Chinoise (1967), en donde puede verse con claridad la influencia que el inicio de la evolución Cultural China (1966) ha ejercico sobre los intelectuales de izquierda de occidente. Queda claro en el posicionamiento de Godard (que puede verse en youtube ingresandoa https://www.youtube.com/watch?v=j__4rqvKNpY) que no todo es color de rosas para cineastas partidarios de la revuelta. No falta quienes los acusan de ser una minoría que impone por la fuerza su decisión. Y algo de eso hay. El jacobinismo de los rebeldes del séptimo arte se presenta a tono con la rebelión que afuera de las salas pretende hacer de la política una cuestión de todos y no de minorías. Pero al interior del Festival, evidentemente, las fuerzas conservadoras son mayoritarias. De allí que este grupo menor, pero intenso, no tenga empacho de boicotear el prestigioso evento en una acción que se presenta en serie con el ánimo de desobediencia que por entonces ha copado Francia. El “Consejo de la administración de films” se ve obligado a emitir y leer ante los presentes un comunicado en el que declara que “las circunstancias no permiten asegurar las proyecciones en condiciones normales” y, luego de disculparse ante las delegaciones extranjera, suspenden el 21° festival de Cannes. El cine intelectual ha logrado, al menos por dos semanas, imponerse por sobre el cine comercial.

***
Como un pez en el agua”. Así definió Francois Dosse, biógrafo de Gilles Deleuze y Félix Guattari, la posición de éste último durante el “Mayo Francés”, cuando el Teatro del Odeón fue tomado por asalto por un grupo de militantes, profesionales y usuarios de la salud mental entre los que se encontraba Félix, psiquiatra, filósofo autodidacta, militante comunista heterodoxo.
La acción apuntaba a la cultura oficial de la República, pues el Ministro de Cultura André Malraux frecuenta ese teatro. Guattari forma parte de la ocupación, después de evaluar los peligros que representa el ataque frontal de uno de los símbolos del Estado. La Universidad, vaya y pase: está protegida de las intervenciones intempestivas de la policía por los derechos universitarios, ¡pero el teatro subvencionado de jean Louis Barrault es otro asunto! Guattari, entonces, pone toda la habilidad del grupo que comanda –sus médicos, sus diversas redes de militantes- al servicio de la toma del Odeón. “Muchos trabajan en los hospitales. Llenamos los autos de vendas, desinfectantes, antibióticos. Otros se ocupan del abastecimiento necesario para sostener una hipotética ocupación. Habíamos visitado el teatro diciendo que éramos periodistas y vimos que podíamos subir al techo, llevar colchones, y que había sitio para almacenar medicamentos y comida”, rememora Guattari. Dos días después de la gran manifestación del 13 de mayo, el Odeón es tomado por asalto y el movimiento irrumpe en una escena donde artistas e intelectuales, pero sobre todo una multitud anónima, toma la palabra en el hall de entrada. El comando principal escribe en rojo esta advertencia:
Cuando la Asamblea Nacional se convierte en un teatro burgués, todos los teatros burgueses deben convertirse en Asambleas Nacionales.

Tiempo después se produce el encuentro Deleuze-Guattari. Primero por correspondencia, luego de cuerpo presente, el ritmo vertiginoso de lecturas, reflexiones y escritura compartida va expresarse en Antiedipo (1972), primer tomo de Capitalismo y esquizofrenia, el primero de los cuatros libros que ambos escribirán y publicarán de conjunto (formando no ese dúo en co-autoría, sino esa nueva máquina de guerra intelectual que será Deleuzeguattari, o Guattarideleuze). Antiedipo, no un libro que viene a representar o expresar Mayo del 68, sino un instrumento de combate que se posiciona en serie con los acontecimientos parisinos; un libro-máquina-de-guerra que se acopla con lo que ambos calificaron como “inconcientes que protestan”, al igual que ellos, contra el imperialismo de Edipo, del Significante, de la Estructura.
En mayo de 1984, cuatro años después de haber publicado Mil mesetas (segundo tomo de Capitalismo y esquizofrenia) Gilles y Félix reflexionan sobre el Mayo Francés en una entrevista que será publicada ese mes en Les Nouvelles Littéraires. Allí dicen que aunque un acontecimiento sea contrariado, reprimido, recuperado, traicionado, no por ello deja de implicar algo superable. “Son los renegados los que dicen: ha quedado superado. Pero el propio acontecimiento, aunque sea antiguo, no se deja superar: es apertura de lo posible. Acontece en el interior de los individuos tanto como en el espesor de una sociedad”. Micro-política y macro-política, entonces, que involucra tanto a cada existente singular como a los grupos, las clases, la sociedad entera. Mayo del 68 en Francia, como fenómeno “de videncia” --según los autores--, como si una sociedad “viese de repente lo que tenía de intolerable y viese al mismo tiempo la posibilidad de algo distinto”. Lo definen como un fenómeno colectivo del tipo “Lo posible, que me ahogo…”. Y aclarar que “lo posible” no preexiste al acontecimiento sino que es creado por él. “Es cuestión de vida”, porque el acontecimiento crea una nueva existencia, produce una nueva subjetividad: “nuevas relaciones con el cuerpo, con el tiempo, con la sexualidad, con el medio, con la cultura, con el trabajo…”.
Deleuze y Guattari, las grandes figuras en relación a Mayo del 68 en Francia. Insisto: no porque representen o expresen aquél acontecimiento. No. Tampoco por su protagonismo en aquellos días (si bien Guattari participa activamente, como se ha narrado, está claro que la gran figura intelectual de la revuelta es Jean Paul Sartre, a quien ellos nunca dejaron de considerar un “maestro”), sino por esta conexión entre los planteos que cada uno venía trabajando por separado, los que comenzaron a ensayar una vez que se produce su encuentro y las resonancias que Mayo tiene en su propuesta: un nuevo modo de pensar, de actuar y de sentir.
Cepillar la historia a contrapelo”, como alguna vez propuso Walter Benjamin, implica de algún modo volver también sobre figuras y acontecimientos archi-conocidos pero procesados por al licuadora del posmodernismo de un modo en que pierden sus componentes subversivos.
Recuperar el Mayo Francés entonces, implica en primer lugar hacernos cargo del archivo europeo, procesarlo de manera situada, mezclarlo con el archivo nuestramericano y, usarlo políticamente. No en términos de una teoría para una práctica, sino como una práctica para otra práctica, e incluso, como una práctica teórica para otra práctica teórica. Resituar el combate incluso en el terreno de las letras, de la teoría, del conocimiento. Asumir al pensamiento como otra trinchera en la cual librar una batalla. Incluso a los tiros, si es que eso hace falta.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Notas sobre el libro La Revolución Rusa: cien años después


Espectros de Lenin: revisitar la gesta bolchevique un siglo más tarde



Por Mariano Pacheco


Con el Simposio titulado “Sobre la idea de comunismo”, primero (en Europa), realizado en marzo de 2009, y con el centenario de la Revolución de Octubre, después (en todo el mundo), la discusión en torno a lo que ha sido este cuarto de siglo tras la caída/derrumbe de los socialismos reales ha instalado nuevamente, en amplias franjas del activismo político y social y en la intelectualidad crítica, el desafío de volver a repensar la tradición del movimiento comunista internacional.
Las luces y sobras, los claro-oscuros de aquel proceso se nos presentan hoy cómo desafío a ser pensado, tanto en el ámbito específico de la teoría como en el de la persistencia o no de ese legado, en los procesos de organización y de luchas que, las más de las veces con escasas herramientas conceptuales, se han emprendido en todas partes del mundo frente a la prepotencia avasalladora del capital.
En ese marco, la publicación de La Revolución Rusa: cien años después, viene a contribuir a seguir sosteniendo esos debates más allá de aniversarios específicos. Compilado por el sociólogo, educador popular, editor y ex militante sindical en el gremio de bancarios Mario Hernández, el libro contiene diez ensayos en los que la gesta bolchevique se aborda desde distintas ópticas en el afán de recuperar varios debates a la vez.
Introducida por Guillermo Almeyra, la publicación reúne textos de Claudio Katz, Olmedo Beluche, Eric Toussaint, Daniel Omar De Lucía, Hernán Camarero, Silvio Schachter, Héctor Freire, Antonio Infranca y Néstor Koahn.
Por un lado, el libro funciona como una buena introducción historiográfica a la revolución de octubre. Tanto en la introducción como en algunos de sus artículos, el lector puede hacerse (o bien repasar si ya tiene lecturas al respecto) una idea general del contexto en que los bolcheviques tomaron el poder en Rusia en 1917, así como los hechos específicos y los actores que protagonizaron tanto la insurrección como los primeros pasos de la construcción de la nueva sociedad socialista (esos “diez días que estremecieron al mundo”, como supo afirmar John Reed, y los posteriores). Por otro lado, el libro aborda una serie de cuestiones fundamentales -al menos para la mirada de este cronista- respecto de las genealogías en las que los revolucionarios rusos inscribieron su acción y sus reflexiones, el papel del arte en la revolución, la recepción de aquel proceso en Argentina y la apropiación posible (realizada y por realizar) del leninismo en América Latina.


Simpatías sólo por un rato
Resulta por demás ilustrativo leer, a través del trabajo de archivo realizado por Camarero, cómo las simpatías que despertó en amplios sectores argentinos la revolución de febrero se diluyeron rápidamente en octubre. Así, mientras que en marzo el diario La Nación escribía “La revolución rusa merece la simpatía de los liberales de todo el mundo”, siete meses después recordaba a sus lectores que “los maximalistas” no eran más que “socialistas ultras”. Movimiento similar detecta Camarero en La Prensa, pero también, en el socialista La Vanguardia, en donde puede leerse un desplazamiento que va de la reivindicación del “principio democrático que va infiltrándose paulatina pero eficientemente en todas las capas sociales de todas las naciones” a la denuncia que advierte que la población rusa le retira su confianza a los líderes Lenin y Trotsky.


Genealogías insurgentes
Omar de Lucía lo deja claro: los bolcheviques no actuaban sin tener en cuenta una historia que los precedía. “Los hombres que hicieron la revolución bolchevique de 1917 siempre tuvieron presente a la gran Revolución Francesa como antecedente insoslayable del proceso que ellos estaban protagonizando”, escribe, en un artículo que no deja de invocar asimismo la presencia de 1789 en 1917, en términos de símbolos, imágenes y lenguajes, e incluso, en términos de estrategias de autodefensa del proceso revolucionario (el autor cita las lecturas de Trotsky a la hora de fortalecer al Ejército Rojo en cuanto a sus aspectos de técnica militar). 1789 en 1917 -entonces- pero también, lectura aguda de los procesos del 48, y el ensayo fundamental para las revoluciones por venir que implicó la Comuna de París en 1871.


Arte y revolución
Héctor Freire, que desde hace años viene trabajando cuestiones relacionadas al cine desde la revista Topía, recuerda en este libro que entre 1925 y 1928, las salas de cine en Rusia pasaron de 2.000 a 9.300, alcanzando el número de 29.200 al final del Primer Plan Quinquenal (cifra que luego ascendió a 40.000, superando así la Unión Soviética a Estados Unidos). Freire destaca la explosión experimental que siguió el cine luego de Octubre del 17 (“de todas las artes el cine es para nosotros la más importante”, supo decir Lenin alguna vez); los recorridos realizados por los “trenes de agitación” en plena guerra civil, entre 1918 y 1921 y la multiplicación de salas y films en esos primeros años de revolución.
Silvio Schachter, por su parte, subraya el papel jugado por los constructivistas, suprematistas, futuristas y otras manifestaciones de la vanguardia artística que se propusieron desarrollar un “arte-producción” ligado a la vida cotidiana. Tiempos en los que se crearon 36 nuevos museos, se inauguraron decenas de publicaciones y el ProletKult llegó a agrupar a 84.000 miembros en 300 grupos locales expandidos por todo Rusia. “Desde 1917, mientras que los funcionarios académicos huían hacia Occidente, los artistas de la vanguardia, reunidos alrededor de la revolución bolchevique, se organizaron, colectivizaron sus ideas y asumieron la responsabilidad de dirigir las nuevas instituciones culturales. Esta relación con el Estado no impidió que permanecieran como actores libres de una revolución de la que se sentían arte y parte en la búsqueda de fusionar los postulados socialistas con una formulación artística de ruptura y decididamente modernista”, escribe Schachter.
Ambos artículos ponen el foco en la importancia que jugó el arte en el proceso revolucionario, aún estando dicha apuesta atravesada por la primer Gran Guerra Mundial y la guerra civil desatada tras la toma del poder por parte de los bolcheviques.


Con tu querida presencia
El libro cierra con un excelente texto de Néstor Kohan, en el que se lee al guevarismo como un leninismo Latinoamericano. “Según nuestro punto de vista y nuestra lectura histórica y política, el guevarismo constituye la aplicación creadora, no mecánica, del leninismo en un continente del Tercer Mundo”, escribe Kohan, quien destaca que el revolucionario ruso comparte con el argentino el hecho de haber estructurado su pensamiento y su práctica política en polémica con el marxismo oficial de su época: el de la II Internacional en el primer caso, el de la URSS en el segundo. “Los dos plantean un marxismo revolucionario, ambos expresan el ala izquierda al interior del marxismo revolucionario mundial...”, remata.
Esta lectura del guevarismo como leninismo del mundo periférico y dependiente permite realizar una lectura situada (Nuestra-americana) del legado bolchevique, sin renunciar por eso a la perspectiva internacionalista, tan necesaria en el marco de la revolución de Octubre, tan necesaria en los años 60 y 70 y tan necesaria en la actualidad, cuando el capital se ha globalizado como nunca y, sin embargo, aún no encuentra propuestas anti-sistémicas que lo enfrenten en el plano mundial.
Las últimas décadas han demostrado que, desde abajo y la izquierda, han proliferado resistencias en muchas partes del planeta. Posición ética y política imprescindible para combatir a los apologistas de la inmutabilidad. Pero también estas décadas han demostrado claramente ya que el pragmatismo acérrimo y el anti-intelectualismo sólo condenan a los pueblos ha ser, en el mejor de los casos, condenados de la tierra en rebelión, pero no constructores de un mundo nuevo.
Libros como este nos recuerdan lo fundamental de la rebelión, pero también, que el marxismo fue una creación de la humanidad que llegó para proponer algo más que un sueño: algo tan palpable y tan real como la apuesta de tomar el cielo por asalto.


Podes conseguir el libro en Buenos Aires en algunas librerías de la calle Corrientes, como Hernández y la del Centro Cultural de la Cooperación; también en El Aleph, Cúspide, Fray Mocho, Librería del FCE y Lorraine.
En Córdoba, escribiendo a lunacongatilloradio@gmail.com y encargando un ejemplar.


lunes, 7 de mayo de 2018

El Martín Fierro de Fariña


(o acerca de los modos de reescribir la tradición del gaucho en clave guachina)

Por Mariano Pacheco*


Editorial Interzona nos deleita con lo que para muchos puede ser una novedad, pero que en realidad no es más que un acto de justicia poética. Me refiero a la reedición, en una edición muy cuidada de tapa dura, de El guacho Martín Fierro, el libro de Oscar Fariña publicado en 2011. El libro –una reescritura guachina del Martín Fierro-- contiene además una serie de ilustraciones realizadas por el mismo autor.


Las reescrituras en la literatura argentina
Recientemente, con la publicación de Las aventuras de la China Iron (2017) la novela de Gabriela Cabezón Cámara, el tema de las reescrituras del Martín Fierro en la literatura argentina volvió a ser una cuestión de análisis y debate en la crítica y el periodismo cultural nacional. Tiempo antes, también Martín Kohan le había dedicado un cuento a Martín Fierro, en su libro Cuerpo a tierra (2015). En ambos casos la historia del mil ochocientos es rescata en clave de diversidad sexual, en clara sintonía con los tiempos actuales de poner en cuestión al machismo y las visiones fóbicas sobre la otredad.
Las reescrituras de la gauchesca y los modos de interpretación del “símbolo nacional” tienen su historia. Se sabe: es alrededor del centenario, cuando lo que incomoda y molesta a las elites dominantes de la Argentina liberal son los inmigrantes, el gaucho –ya desaparecido históricamente como elemento perturbador de las clases acomodadas del país-- pasa a ser erigido como figura central de la argentinidad (atrás había quedado el violento proceso de forzar al paisano a transformarse en fuerza de trabajo para el capital). Esta operación –la de rescatar al gaucho bueno y manso como emblema nacional--, funcionó de un modo u otro durante por lo menos tres décadas, hasta que los cabecitas negra irrumpieron en la escena nacional, y los abordajes de la tradición gauchesca se tornaron más problemáticos.
Jorge Luis Borges, en textos como El fin y Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (cuentos reunidos en Artificios y El Aleph, libros publicados en 1944 y 1949, respectivamente), vuelve a poner el foco en la barbarie de los gauchos, tal como había hecho ya en 1943, en su Poema conjetural, en el que caracteriza la barbarie como destino sudamericano (vencen los gauchos, los bárbaros vencen, escribe). Así, la barbarie monótona de la llanura (que vive en un puro presente) es contrapuesta a la ciudad, donde habitan hombres cultos con libros (que obviamente saben leer, a diferencia de los gauchos) que pueden de algún modo proyectar y tomar en sus manos su destino, a diferencia de los bárbaros, en donde es el destino el que los hace, situándolos en el lugar de los nadies.
Los nadies serán rescatados nuevamente, treinta años después de que Borges escriba esos textos, en otra gran obra de la cultura nacional: Los hijos de Fierro, película de ficción del Grupo Cine Liberación, con guión y dirección de Fernando Pino Solanas realizada en la Argentina durante los años 1973 y 1974, pero finalizada durante el exilio europeo, proyectado por primera vez en Cannes en 1978 y recién en 1984 en nuestro país. El film, que parte de una operación revisionista típica de aquellos años, se remonta hasta las Invasiones inglesas para dar cuenta centralmente del proceso que se inicia con la movilización del 17 de octubre del 45, y culmina con la muerte de Perón y el inicio del terrorismo de Estado en el país en 1974, en esa lucha en la que se expresaron los anhelos populares de los hijos de Fierro en el siglo XX, de llevar adelante la realización de la Patria Grande Latinoamericana.

Los gauchos guachines
Acá me pongo a cantar/al compás de la villera,/que el guacho que lo desvela/una pena estrordinaria,/ cual camuca solitaria/ con la kumbia se consuela.
Del matrero al pibe chorro, el Fierro de Fariña es un gaucho generacional, un guacho que habita los rincones bárbaros de la ciudad en pleno siglo XXI, pero también un atrevido que de tanto en tanto se atreve a transitar los centros neurálgicos de la urbe. Nací como nace el pedo/ en el fondo de algún bar;/ nadie me puede afanar/ eso que Barba me dio:/ lo que el barrio traje yo/ del barrio voy a llevar.
El gaucho guacho es leído por el autor en las entre-líneas de una realidad histórico-concreta (la de cualquier barrio popular de la Argentina neoliberal), pero también el que pudo haber sido visto en los distintos formatos de la era audiovisual. Un guacho más parecido a los personajes que el lector de esta nota tal vez ha visto en la serie televisiva El Marginal (2016) y que seguro Fariña ya había visto en otras sagas anteriores como Okupas (2000) y Tumberos (2002).
Aunque este comentario no va en desmedro de un conocimiento que, muestra a las claras, Fariña –autor de origen paraguayo que supo estudiar Letras en la Universidad de Buenos Aires-- tiene del texto original. Tal como en su momento comentó la misma Cabezón Cámara, en esta lectura del Martín Fierro se sigue verso a verso al original, pero en una traducción al slang contemporáneo.
El gaucho guacho de Fariña es escabio, falopa y choreo; cumbia en la villa y diversión, pero también, destino de prisión. Estaba el guacho en su pago/ con toda seguridá,/ pero ahora… ¡la putamá!,/ la cosa anda fruncida,/ que gasta el pobre la vida/ en huir de la autoridá.
Vida carcelaria, como decíamos, en afinidad con las series televisivas, pero en este caso con ribetes gauchescos. Vino, pastilla y faca; motines y arreglos con la cana para chorear. Hambre, truco, violaciones, mugre, transas, canas, canas-transas y la cárcel como cuartel. También robo pactado, fuga y conversión (al mal). Yo fui re manso primero/ y después un guacho rastrero, puede leerse en un tramo del libro. Y en otro: No hallé ni rastro del rancho:/ ¡apenas una tuquera!/ ¡Por Gilda si aquello era/ pa enlutar el corazón!/ Yo juré en esa ocasión/ ser más malo que mi abuela.
Discriminado-discriminador, así como en Hernández el negro es el rostro extremo del mal, aquí el bolita ocupa ese lugar en la escalera de verdugos que es la sociedad, como supo dar cuenta alguna vez Roberto Arlt.
El guacho Fierro de Fariña logra combinar incorrección política (desde el punto de vista del progresismo bien-pensante) con crítica social. De pibito me gané/ la vida con mi trabajo,/ y aunque siempre estuve abajo/ y no sé lo que es subir,/ también el mucho sufrir/ suele cansarnos ¡carajo!, puede leerse en un tramo previo a “la caída”. Y en otro tramo, en donde da cuenta del destino al que se pretende condenarlos: Para él son los calabozo,/ para él son las dura prisiones,/ en su boca no hay razone/ aunque a su boga le sobre;/ que son timbales de palo/ las razones delos pobres, para finalmente rematar: Si uno aguanta es gaucho mulo;/ si no aguanta es gaucho malo./ ¡Dele murra, dele palo,/ porque así lo necesita!/ De todo el que nació pobre/ esta es la suerte maldita.
El gaucho guachín es un Fierro auténticamente contemporáneo, atravesado por símbolos de la cultura y la religiosidad popular, como Gilda o Maradona, pero también como El Frente Vital, Víctor Manuel, el santo de los pobres cocido a tiros por la policía cuya vida el periodista Cristian Alarcón reconstruye a través del personaje de su libro Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. De allí que el Fierro de Fariña marche hacia el final de su relato hacia el gran desierto de nuestros días: faso, cumbia, dedo y rutas argentinas, camino al Paraguay, el sitio donde los caminos se cruzan, el lugar donde los sentidos porteños se desdibujan, y empiezan a trazarse las primeras pinceladas de un nuevo sentido, el de otro sentir más allá de la frontera nacional y cultural.


Ida y vuelta... y una nueva búsqueda de un desierto para esta nación argentina
También el Fierro de Fariña tiene un glosario al final (un alto glosario según se puede leerse), pero a diferencia del de Hernández, éste termina en 2011 diciendo: acá me despido yo,/ que corte batí a mi modo/ BARDOS QUE CONOCEN TODOS/PERO QUE NADIE CANTÓ. Y en la edición de 2011, igual.
Todo lector (o lectora) de José Hernández sabe que El gaucho Martín Fierro (1872) finaliza de un modo similar, pero que en realidad no termina allí, ya que en 1879 el autor publica La vuelta de Martín Fierro.
¿Que ha pasado en el medio? Se produce el pasaje de la apuesta revolucionaria a la conciliación; se abandona la trama de la denuncia social sobre la violencia que el poder ejerce sobre lo subalternos para pasar a erigir una serie de enseñanzas morales. Incluso el formato mismo del texto y las condiciones de producción del escritor cambian: el autor rebelde que se enfrenta al proceso de constitución nacional y debe exiliarse; el Hernández que escribe La Ida casi a escondidas y luego difunde lo que ha producido a través de folletos ya no es el mismo que escribe La Vuelta: el propietario de una librería; el autor consagrado tras el éxito de El gaucho Martín Fierro; el funcionario del régimen, primero electo diputado provincial por el Partido Autonomista Unionista, luego adherente de Julio Argentino Roca en su candidatura presidencial.
El viraje entonces es total: político, ideológico, formal. Del duelo (carnal) a cuchillo al duelo (simbólico) de la payada; de la resistencia a la integración; de la voz directa del gaucho a las enseñanzas del autor a través de una lengua más abstracta y, finalmente, no sólo retorno del personaje a la sociedad que lo maltrató, sino también regreso resignado del autor rebelde a la aceptación de un destino desgraciado para al Nación.
En Fariña no, el guachín no tiene vuelta. No tiene vuelta atrás podría pensarse. No hay retorno, ni real ni imaginario, al mundo previo al del Estado de Malestar. Tal vez porque el autor visualiza que ya no hay condiciones, ni materiales ni simbólicas, de regresar al país al punto previo al de la reorganización nacional, tampoco aparece una moralización sobre el cuerpo y el devenir del pibe chorro. Tampoco una idealización romántica ni nada que se le parezca. Con menos de 40 años, Oscar Fariña forma parte de la generación de escritores de posdictadura que, al decir de Elsa Drucaroff, no realizan juicios morales sobre la barbarie pobre porque lo que buscan más que juicios es tratar de comprender. Y como sabemos, desde que Karl Marx escribiera en 1845 su célebre Tesis XI, entender críticamente el mundo implica necesariamente el movimiento de transformarlo.

*Nota publicada en La luna con gatillo.

sábado, 5 de mayo de 2018

Conversación con Diego Sztulwark a propósito de la publicación de su libro de diálogos con Horacio Verbitsky


Revisitar la historia del periodismo, la investigación y la "inteligencia popular" en Argentina
 

Por Mariano Pacheco


Esta semana salió a las calles Vida de Perro. Balance político de un país intenso, del 55 a Macri, conversamos con Diego Sztulwark, autor del libro en el que recoge dos años de diálogos con Horacio Verbitsky, publicado recientemente por Siglo XXI y editorial Tinta limón.



Rodeado de libros de filosofía y política, en el sitio en donde coordina sus grupos de estudio en la ciudad de Buenos Aires, Diego Sztulwark nos recibe para mantener una charla fugaz, entre mate y mate, y compartirnos un ejemplar del libro que acaba de publicar. En este diálogo breve pero intenso el ex integrante del Colectivo Situaciones (actual redactor del Portal Lobo suelto y columnista de La luna con gatillo) se mete de lleno en una tarea que –compartimos- se torna vital para el devenir de las experiencias de lucha y organización que se vienen sosteniendo en la Argentina de postdictadura.


¿Qué repercusiones tuvo en vos el hecho de haber revisitado todas esas experiencias del periodismo y la investigación de la que Horacio Verbitsky fue parte? Digo: más allá de lo que fueron esos momentos, que despertó en vos en términos de pensar el periodismo y la investigación en la actualidad.


A mí la figura de Verbitsky siempre me resultó fascinante. Digo: fascinante no en el sentido de que uno admira a alguien, sino de que pude ver ahí un estilo de presentación de la información y un estilo de confrontación que no venía del mundo periodístico propiamente dicho sino de una tradición militante, sea lo que sea que uno puede opinar de los períodos militantes de Verbitsky. La que me interesó fue eso centralmente: la investigación como una zona de rigor, en la que se trata –por ejemplo-- de problematizar como operan las derechas, cómo actuar los poderes, y ser capaz de ofrecer una información sistemática para disputar, en el plano de la comunicación, cosas que también se están disputando en el plano de la calle, de la lucha social y sindical. Creo que eso hoy no se ve en el periodismo dominante, quizá sí se lo puede ver en determinados medios alternativo o periodistas particulares, pero no es la línea dominante en el periodismo actualmente. Y cuando uno se pone a ver de dónde viene todo eso, se topa inmediatamente con la figura de Rodolfo Walsh. Y pensando en él, se me ocurrió en que era posible trazar ea línea, la que va desde Prensa Latina con la Revolución Cubana –no entendida como fenómeno nacional sino como uno continental, regional-- donde empieza a entenderse, en el plano de la comunicación, la información y la difusión, hay una disputa específica que dar (en el caso de la Revolución Cubana, con el imperialismo); y cómo a partir de ese fenómeno, una serie de intelectuales-militantes de ese período se comprometen con esa tarea. Siempre me pareció que había una relación entre esa experiencia, y la experiencia de la formación de las áreas de Información e Inteligencia, como la que desarrollaron Walsh y Verbtsky primero en las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y luego en Montoneros, pero que puede verse en casi todas las formaciones guerrilleras. En todos los grupos revolucionarios en realidad estuvo siempre muy presente esta necesidad de la información y la inteligencia o como la querramos llamar. Y después también está todo el período de la prensa clandestina, de ese intento de seguir actuando autónomamente desde los movimientos populares –aún en los peores momentos-- para librar esa lucha específica en el plano de la información y la inteligencia.


Sería pensar ese ciclo de las luchas revolucionarias de los años 60 y 70 previos al aniquilamiento vía el terror de todas esas experiencias…


Claro. Y desde 1977, la aparición de los organismos de derechos humanos, que también tienen una zona de investigación, más vinculada a lo jurídico, es cierto, a diferencia del período anterior donde la información está vinculada a la revolución. Toda esa lucha vinculada a investigar el genocidio creo que es una lucha muy vigente. No estoy de acuerdo con quienes plantean que es algo ligado sólo a los años 70. Me parece que hay toda una posibilidad de gestar figuras penales para los actores económicos que fueron parte del vínculo entre terrorismo de Estado y acumulación de capital. Insisto: me parece un tema no cerrado aún. Pero también la Iglesia, y los cuadros civiles, empresariales, que todavía no se ha encontrado la figura penal de cómo tipificarlos para juzgarlos. Yo creo que eso sigue siendo una tarea y que los organismos de derechos humanos de algún modo heredan ese hilo rojo de la investigación. Pero no sólo los organismos, porque después aparece el movimiento piquetero, y el Ni Una Menos y todas las militancias más ligadas a los movimientos sociales que a las organizaciones políticas como en los años 70. Y todas esas organizaciones enfrentan de algún modo el mismo desafío: poder entender contra quien pelean, comprender en el plano de la información y de la comunicación qué es lo que está en juego. Y yo creo que ese hilo rojo que va desde la Revolución Cubana hasta los movimientos sociales, de Prensa Latina a los intentos actuales de disputar es ese plano intelectual (de la información, la comprensión, la comunicación, la inteligencia), es una lucha estratégica de los movimientos sociales. Tampoco creo que sea una tarea de especialización burocrática sino que es algo que nos corresponde a todos: comprender que es una tarea estratégica, que hay una historia viva de estas funciones. Y creo que es una tarea poder proponer, a las organizaciones sociales, que se preste atención a este plano. En ese sentido no es que importe tanto la figura Horacio Verbitsky sino un método de trabajo, que tiene una historia muy larga, y que uno no querría que se pierda. Tampoco conservarla como es, pero sí rescatarla para pensar que hay ahí para actualizar, para recrear.


Vos también que te dedicas a coordinar grupos de estudio de filosofía: ¿ves que se produjeron ahí algunos cruces entre el pensamiento crítico occidental –por decirle de algún modo-- y esta tradición crítica del periodismo nacional/Latinoamericano?

El cruce no se produce en Horacio Verbitsky, pero sí en compañeros que trabajamos esto. Cuando empezamos a trabajar, Horacio me dijo: “vos sos muy filósofo, muy abstracto, no sé si vamos a poder trabajar juntos”. Pero al final, lo que empezó a pasar –me parece-- es que esa articulación le gustaba, pero no la quería hacer él. Entonces de algún modo me ofrecía que la hiciera. Es decir, tratar de teorizar un poco sobre esta dimensión de la investigación con elementos no tan tradicionales de la militancia de los 70, que tuvo una serie de categorías que pueden haber sido muy operativas para ese período -y que incluso hoy pueden tener alguna vigencia- pero que queda claro que si son sólo esas categorías falta incorporar mucho material.
Yo creo que sí, que el archivo europeo, por decirlo de algún modo, ese que va desde Spinoza a Marx, de Marx a Mayo del 68, tiene una potencia enorme. Un archivo, por otra parte, que seguramente los mismos europeo no sepan usar ya, pero que en la situación Latinaomericana –vinculado al último ciclo de luchas de los movimientos sociales-- es muy susceptible de ser apropiado desde nuestra condición, nuestra experiencia, nuestro lenguaje. Creo que sería muy sectario de nuestra parte decir que hay cosas que pueden tener un valor pero que no las vamos a usar porque vienen de afuera. Ningún lector de Mariátegui, como fui yo toda mi vida, podría tener una mirada tan sectaria como para sostener que hay que descartar esa dimensión internacional o cosmopolita del conocimiento, de la conexión entre las luchas y las imágenes del pensamiento.
En este sentido, para mí, para mi formación, un autor argentino que fue clave es León Rozitchner. Y todo el período de trabajo con Verbitsky en mi cabeza estuvo esta comunicación con Rozitchner. ¿Por qué? Porque siempre una investigación empírica conecta con un plano más general de conceptos y de ideas que permiten pensar esa investigación. Y voy a poner un ejemplo: Verbitsky tiene una obra –para mí bastante desconocida y muy fundamental-- que son los cuatro tomos sobre la historia política de la Iglesia argentina. Unas 1.600 páginas muy documentadas sobre el papel de la Iglesia en el siglo XX en el país. Básicamente, el momento en el que la secularización incompleta de la Argentina liberal, por presencia de la clase obrera migrante, lleva a la burguesía a aliarse con una iglesia a la que estaba combatiendo. Y a tomar de la Iglesia una ideología general del control, unas jerarquías naturales que se traducen luego en jerarquías sociales, y a delegar la represión del movimiento obrero en ese saber de la Iglesia. Entonces sucede que se produce ese ensamble, en donde las clases dirigentes –que no llegaban a ser laicas en el sentido europeo-- le dan a la Iglesia la tarea de adoctrinar a las Fuerzas Armadas para la represión de un movimiento obrero que, cada vez más, era migrante y con ideas libertarias. Entonces, ese proceso que va desde comienzos del siglo XX a la ESMA, es una historia donde resulta muy difícil diferenciar Iglesia y Fuerzas Armadas. La doctrina de la tortura, la contención de los cuadros militares, toda la concepción anti-revolucionaria de las Fuerzas Armadas, viene muy elaborada en relación con ciertas corrientes de la Iglesia (vaticana, pero también francesa). Mientras yo leía esos tomos, tenía en mi cabeza La cosa y la cruz, el libro de Rozitchner, una investigación que tiene en su horizonte un período mucho más largo, porque es prácticamente una historia del cristianismo, entendido como una gran metafísica que separa cuerpo y alma y denigra la materialidad del cuerpo a favor de una inmaterialidad del alma. En Rozitchner entonces, el cristianismo tal como se constituye a partir del siglo IV –cuando se transforma en una religión de imperio y pasa a ser una tecnología de producción de subjetividades controladas – es una preparación del capitalismo. Por eso para mí, poder leer una tesis filosófica tan compleja y tan documentada como la de León Rozitchner, puesta en relación con una investigación empírica (como las 1.600 páginas de Verbitsky, en donde se recorre un archivo enorme y al mismo tiempo muy situado), me permitió indagar en por qué nuestro pensamiento crítico tiene tanto horror con las derechas eclesiales. No sólo porque nos gusta leer a Niestzsche y sus críticas al cristianismo, sino también porque esas lecturas nos permiten entender cómo se armó la picana, y cómo se puso a funcionar ese dispositivo que reventó a nuestros compañeros. No son cosas distintas. Entonces, la posibilidad de ensamblar el pensamiento crítico tal y como nosotros necesitamos pensarlo dadas las cosas que vivimos, con una investigación empírica, rigurosa, con datos, lo que permite es armar una fuerza del tipo discursivo, intelectual, que no está separada de la fuerza de política callejera. O por lo menos, como decía León, deberíamos apostar a que aquello que se juega en el plano de la calle sea lo mismo que se juega en el plano de las ideas. 


FUENTE: La luna con gatillo (www.lalunacongatillo.com)

La economía popular y el legado de la CGT de los Argentinos


A 50 años del Programa del 1° de Mayo


Por Mariano Pacheco


Agraviados en nuestra dignidad, heridos en nuestros derechos, despojados de nuestras conquistas, venimos a alzar en el punto donde otros las dejaron, viejas banderas de la lucha.
CGT-A, “Programa del 1° de mayo de 1968”


Hace 50 años, a cuatro semanas de haberse conformado la CGT de los Argentinos, se funda el periódico CGT, dirigido por Rodolfo Walsh. Allí sale publicada la proclama redactada por el autor de Operación masacre, el “Programa del 1° de mayo” de la CGT-A, la experiencia político-sindical argentina cuyo lema es “Sólo el pueblo salvará al pueblo”. Un siglo y pico antes, en el marco de la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores, Karl Marx había escrito otra gran proclama obrera, en la que se afirmaba que “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”. Apenas siete años después de aquel texto emblemático de la AIT, la clase obrera francesa protagoniza la “Comuna de París”, la “forma política al fin descubierta” bajo la cual ensayar la emancipación económica del trabajo, según la célebre frase que el autor de El capital escribió en La guerra civil en Francia, folleto en el que afirma que la Comuna fue una experiencia magnífica para pensar en la abolición de la propiedad privada (“expropiación de los expropiadores”) en el camino de establecer una dinámica de “trabajo libre y asociado”.
En 1968 –días antes de que estallara el “Mayo Francés” en el que se reinvindicará fuertemente a la Comuna-- importantes sectores del peronismo combativo, las izquierdas y el cristianismo de base, confluyen en esta experiencia que es un hito de la historia de las luchas de las y los de abajo en el país, y que hoy cobra un relieve mayor a la hora de encarar algunos de los debates pendientes entre las experiencias de organización popular que se vienen gestando al calor de las luchas contra el creciente estado de malestar en el que se vive en la Argentina.


Una experiencia, un programa
El programa del 1° de Mayo hace un claro uso político de la historia. Lejos del memorialismo que ocupó la escena política de la Argentina durante la última década –y que hoy, muchas veces, se torna impotente frente a la ofensiva conservadora--, lejos de esas miradas impregnadas de ese otro conservadurismo –el progresista-- que se sostiene en pensar todo el tiempo que el pasado fue mejor, la proclama de la CGT-A logra invocar el fantasma de los muertos, de los asesinados, de los caídos en las causas obreras como inspiración para esas rebeldías que viven en su presente. El programa, entonces, se inscribe en una genealogía que haya su fundamento en el pensar, el sentir y el actuar de los que han sido masacrados peleando por lo mismo que entonces se peleaba.
El programa, obviamente, también funciona como denuncia de la situación económica, política y social del presente: “Durante años solamente nos han exigido sacrificios. Nos aconsejaron que fuésemos austeros: lo hemos sido hasta el hambre”. Así comienza el punto Nº 2, en el que se declara que en los años 60 la década del treinta “resucita en todo el país con su cortejo de miseria y de ollas populares”. Su lectura provoca un doble desafío: el de hacer el esfuerzo por recordar que la historia nunca se repite, mientas no se deja de prestar atención a las resonancias que vinculan ese pasado con nuestro presente, el de los años cínicos macrista que estamos viviendo. “El aplastamiento de la clase obrera va acompañado de la liquidación de la industria nacional, la entrega de todos los recursos, la sumisión a los organismos financieros internacionales”, afirma el periódico CGT, en el que no se tiene empacho de asegurar que “la historia del movimiento obrero, nuestra situación concreta como clase y la situación del país nos llevan a cuestionar el fundamento mismo de esta sociedad: la compraventa del trabajo y la propiedad privada de los medios de producción”.
Por supuesto, más allá del reflujo de los años previos, no puede dejar de tenerse en cuenta que el Congreso Normalizador “Amado Olmos” de la CGT realizado el 30 de marzo puede realizar un fuerte cuestionamiento a la propiedad privada, fuente del modo capitalista de producción, porque encuentra su razón de ser en un proceso de más de una década previa muy diferente a la década anterior a la nuestra.
El contexto internacional, tras el triunfo de la revolución cubana en América Latina, pero también del Frente de Liberación Nacional en Argelia; el desarrollo de la Revolución Cultural en China y de la resistencia contra Estados Unidos en Vietman; la expansión del la figura de Ernesto Guevara por todo el mundo tras su asesinato en Bolivia, se entrelaza con un contexto nacional en el que el peronismo en la resistencia hizo un camino por fuera de la gestión del Estado, un tránsito simultaneo de sabotajes y huelgas, recuperación de espacios gremiales y tomas de fábricas, además de fugaces pero intensos ensayos insurreccionales –como la que se produjeron en el marco de la toma del frigorífico Lisandro de la Torre en enero de 1959-- en los que fue profundizando su conciencia de clase y situando el horizonte de la liberación nacional junto con la perspectiva de edificación de una sociedad socialista. No por nada en el Programa de la CGT-A se dice: “retomamos pronunciamientos ya históricos de la clase obrera argentina”. Línea de continuidad directa, entonces, con los programas obreros de La Falda y Huerta Grande (1); mirada clasista de la nación, mirada nacionalista-popular de la inserción del país en el mercado mundial.


Lo reivindicativo y lo político
“El trabajador quiere el sindicalismo integral, que se proyecte hacia el control del poder, que asegura en función de tal el bienestar del pueblo todo. Lo otro es el sindicalismo amarillo, imperialista, que quiere que nos ocupemos solamente de los convenios y las colonias de vacaciones”, puede leerse en el programa del 1° de Mayo, en el que se recuerdan aquellas palabras pronunciadas Amado Olmos tiempo antes de morir en un accidente automovilístico. También se insiste en subrayar que los trabajadores no tienen por qué permanecer indiferentes al destino del país y ocuparse solamente de problemas sindicales, como proponen los “dirigentes ricos” que “voluntariamente han asumido ese nombre de colaboracionistas”, que significa “entregadores en el lenguaje internacional de la deslealtad”.
La CGT de los Argentinos, por el contrario, ofrece “a cada uno un puesto de lucha”, como bien repetía el un jovencísimo Darío Santillán, en las barriadas del sur del conurbano bonaerense, cuando a inicios de este siglo proliferaban los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD). De allí que el planteo ponga énfasis en que las direcciones sindicales burocráticas (“indignas”) debían ser barridas desde las bases. “Que se queden con sus animales, sus cuadros, sus automóviles, sus viejos juramentos falsificados, hasta el día inminente en que una ráfaga de decencia los arranque del último sillón y de las últimas representaciones traicionadas”, rematan, no sin antes aclarar que el movimiento obrero “no es un edificio ni cien edificios; no es una personería ni cien personerías; no es un sello de goma ni es un comité; no es una comisión delegada ni es un secretariado. El movimiento obrero es la voluntad organizada del pueblo”.
La CGT-A no se queda sólo en un buen planteo sindical, sino que tiene vocación hegemónica. Y desde su papel al frente de una importante facción de los trabajadores argentinos, hace un llamado a otros sectores para conformar un bloque popular capaz de protagonizar un proceso de cambio en la Argentina. Y si bien en su llamado se dirige a los “empresarios nacionales” --categoría que ya entonces podía discutirse ampliamente-- no deja de poner en la mira la importancia de la alianza de la clase obrera con el estudiantado, los artistas e intelectuales, los sectores académicos y religiosos capaces de coincidir con el programa propuesto, que no es más –ni menos-- que un programa anti-imperialista para la liberación nacional y la justicia social.


Retrospectiva y perspectiva
No es posible pensar ningún aspecto de la realidad actual si no es inscribiéndola en el horizonte político y cultural de la posdictadura. Queda claro que el genocidio impuesto promediando la década del 70 llevó adelante, como los propios militares denominaron a su accionar, un verdadero Proceso de Reorganización Nacional. Lo que hicieron se complementó con aquello que, luego de asumir la gestión del Estado mediante el voto obtenido en elecciones sin proscripciones, coronaron los gobiernos radical y justicialista de Alfonsín y Menem. De allí que invocar a la CGT-A, a su Programa del 1° de Mayo, sólo pueda hacerse como ejercicio de inspiración para el accionar presente, pero mediante un análisis concreto de la situación concreta, no sólo de la coyuntura, sino también del ciclo histórico en el que las distintas coyunturas de las últimas décadas se inscriben.
Dicho esto, no puede obviarse que no sólo la Argentina sino el continente y el mundo entero han cambiado en demasiados aspectos como para sostener la pereza de meterse en análisis agudos que permitan determinar algunos rasgos al menos del momento actual de la lucha de clases, objetivo obviamente que excede estas líneas.
La mutación a escala global del capital debe ser puesta en serie con los cambios concretos que ha vivido la clase que vive del trabajo en el país, y en ese proceso de mutación no puede obviarse el papel que han jugado los sindicatos, y las personas concretas que en ellos ocuparon lugares de dirección.
La clase trabajadora argentina no es ajena al proceso de fragmentación que ha provocado el neoliberalismo. La fractura entre sectores asalariados y sectores de lo que hoy se denomina economía popular es profunda y estructural. De allí la necesidad --de doble vía-- que implica, por un lado, que quienes viven en esta franja de la economía popular cuenten con sus instrumentos específicos de organización, que tienen singulares modos de expresarse, sus propios repertorios de lucha y formas específicas de politización (y a esta altura, una propia historicidad como movimientos sociales, diferente a la de los sindicatos). Por otro lado, resulta conveniente asumir el desafío de promover y proyectar la unidad orgánica de la clase. Dicho esto, resulta conveniente no confundir unidad orgánica con unidad de estructuras. Los sectores asalariados se encuentran, como el resto de sectores populares, también fragmentados. La CGT no es una sola e incluso la CTA –surgida fundamentalmente desde los gremios de servicios en la década del 90, como una forma de salirse de ese modelo de “sindicalismo empresarial” que se estaba gestando-- tiene dos expresiones.
Las últimas semanas circularon entre la militancia, y aún en los medios de comunicación hegemónicos, varias versiones respecto de la posible conformación de un Sindicato Único de la Economía Popular con vistas a reunir a las diferentes expresiones del sector en perspectiva de ingresar a la CGT. Más allá de que la iniciativa no pasó de algunas versiones periodística y rumores entre las militancias, tuvo la virtud de funcionar como índice de debates aún no abordados con la profundidad que se merecen, en el camino de construir una mirada estratégica capaz de salirse del coyunturalismo.
Quienes vienen protagonizando las luchas y procesos de organización popular desde hace años saben muy bien que este tipo de discusiones no se resuelven desde posiciones de ideologismo o purismo principista sino desde un realismo crudo que muchas veces impone el ritmo de la necesidad de posicionarse ante las urgencias de cada momento. Pero también saben muy bien el costo que implica llegar a ciertas discusiones demasiado tarde.
En la profundización de una mirada estratégica para la etapa política que atravesamos seguramente se encuentre una de las claves para salir del inmediatismo, y pasar no digamos a al ofensiva, pero sí al menos a un momento de construcción de poder popular con bases económicas, políticas, sociales y culturales más sólidas.


FUENTE: La luna con gatillo (www.lalunacongatillo.com)

*Redactor del periódico Resumen Latinoamericano, conductor del programa radial y coordinador general del Portal Cultural La luna con gatillo.

1) Para consultar los programas de La Falda y Huerta grande, presentados por Roberto Baschetti, podes ingresar Comuner@s en la orilla, sección del Pensamiento Crítico del proyecto comunicacional Resumen Latinoamericano. También allí se puede leer el programa completo de la CGT-A, ingresando a los siguientes links, por orden de mención: